sábado, 26 de febrero de 2011

Recursivo


Miro las palabras desperdigadas sobre el papel como si las hubiera arrojado violentamente -y en verdad, si se analiza un poco las había “arrojado”-, profundizo en el orden de los negros caracteres de tinta que les componían. Noto cierta singularidad contenida en los sonidos de las silabas formaban en su sucesión finita justo tras salir de sus labios; le eran familiares a los oídos los diálogos y las figuras descritas.
Lo leyó otra vez más, en voz alta, solo para cerciorarse; y horrorizado comprendió que lo había hecho de nuevo. Había escrito él la introducción de "El inmortal" de Borges, pero lo realmente grabe, lo terrible, yacía en que al mismo tiempo había escrito otra cosa.
No era exactamente "El inmortal", pero ahí estaba, escondido dentro de las frases que definían con calculo frio la motivación de su personaje, y la tragedia a la que era conducido. En lugar de ser un legionario romano de la época de Ovidio, se trataba de un mas cercano soldado árabe en tiempos de Averroes. Era diferente el desencadenante, en lugar del moribundo jinete en busca del río Nilo, un loco ermitaño revelaba la existencia de un río donde sus aguas eran fuente de vida eterna a quien fuera capaz de beberlas, justo antes suicidarse con un té de cicuta.
Rompió las hojas con espanto. Deambuló por su amplio estudio pensando -el termino divagar seria más apropiado- en la serie de hechos, en su suma extraña, le habían llevado al desastroso resultado. La duela de roble rechinaba a su paso, siendo, solo después del sonido de su respiración, el único sonido que poblaba su mundo. Decidió regresar a la maquina de escribir, e intentar componer algo que fuera más propio, y menos plagio obra del subconsciente agitado.
Escribió durante unos minutos un relato corto, quería que fuera perfecto en cada palabra, que cada símil justo y las anáforas acompañaran a las anfibologías correctas. El tranquilizador sonido de los dedos oprimiendo las teclas de baquelita lleno al estudio, solo cortándose en aquellos momentos cuando revisaba el texto de reojo. De repente, sin aviso previo o justificación aparente, golpeo las teclas violentamente, imprimiendo sobre el blanco papel un conjunto de palabras sin significado.
Tomo las hojas, las jalo bruscamente arrugando su pulcritud; el rodillo lanzo un gemido de tono irritado por aquel acto. Comenzó a leer. Los ojos del escritor casi abandonaron sus orbitas cuando llegaban sus pupilas a la negra tinta que indicaban el fin de la historia; “la historia de un hombre que agobiado por la vida, se decide a buscar un tesoro de gran importancia para él, escondido tras tres puertas vigiladas por tres bravos guardias, pero nunca logra pasar mas aya del umbral de la primera puerta ni del ojo penetrante y fijo perteneciente al guardián”. Era en definitiva una extensión desproporcionada, un insulto a un pequeño y conocido cuento de Kafka.
Deambulo por su estudio al tiempo que era arrojo el escrito directamente al desbordado cesto de la basura. Lleno de varios relatos cortos que eran robos discretos de otros. Se dirigió a la sala en completo silencio. Lego al mullido sillón, se sentó suavemente, estiro unos centímetros las manos y con los dedos huesudos sujeto la botella de coñac; vertió parte del liquido, dulce veneno de hombres, en una copa grande. Lo bebió sin saborearlo, sintiendo el ardor del alcohol abriéndose paso por su garganta. Carraspeo un poco mas por costumbre que por necesidad. Recostó su cuerpo en el sillón, y observo el techo. Nunca se había puesto a pensar en las irregularidades de este; a fin de cuentas, es superfluo pensar en ello.
Pronto el peso de los párpados le fue insoportable, la fuerza desaparecía de sus miembros superiores e inferiores; tras cerrar los ojos, la mente comenzó a desconectarse sistemáticamente del mundo, pronto quedo dormido.
Se soñó a él mismo, se observo soñando plácidamente sobre el sillón. Y dentro de ese sueño, era separada su alma de su cuerpo y se colocaba en la misma posición, mirándose dormir; observo que, detrás de él, otro él y lo mismo sucedía adelante; le observaban, detrás de este otro, y otro. Pronto concluyo que cada uno -incluyendolo- era el sueño del anterior, una multiplicación de si mismo al infinito. Él reflejado infinitas veces, todos eran sus reflejos, y como tales, hacían sus mismos movimientos, ¿Eran realmente sus movimientos? ¿Eran de algún reflejo atrás?, ¿Eran de un reflejo en el infinito delante?, ¿O simplemente todos eran el mismo?. Todos se contemplaban durmiendo sobre el sillón desde el fondo del infinito. ¿Por que le contemplaban?, ¿Que sucedía exactamente?. Intento dar una explicación. Despertó de ese sueño recursivo.
-¡Que horrible visión!- exclamo el hombre perplejo.
Regreso al estudio, Miro la maquina de escribir y las hojas. Comenzó a escribir lo ocurrido con todo lujo de detalles. Anidio adornos poéticos, esencias de misticismo, paradojas, junto con criticas a todo, llego pronto a tener varias paginas; todas producto de un sueño recursivo. El sonido de las teclas en susecion había llegado al frenesí. Pronto pensó que había escrito algo original, nuevo y sin antecedente, algo que le pondría a la altura de los mas grades. Comenzó a leerlo. Lo leyó una vez más, otra, otra, y a cada nueva leída su rostro se desencajaba dándose cuenta de que mezclaba y aparecían los juegos de palabras propios de Nabokov describiendo las posibles pesadillas surrealistas provenientes Kafka, en conjunto con el sentido de que toda realidad en esencia es ficticia, irreal y por lo mismo fantástica.
Rompió las hojas. Las rompió en varios retazos irregulares. Los miro con odio, desprecio, se acerco a los que habían caído sobre el piso de roble, de entre los jirones de papel vio algo que según él no había escrito, algo que respondía su maldición cruelmente.

...cuando se despertó regresando al mundo, después de intentar razonar un sueño, -una tarea irracional- comprendió que de entre los infinitos fractales de los sueños y sus recursivos clones, para él ya todo sobre lo que se podía escribir ya está escrito...”

Las preguntas agolparon las paredes de la mente. ¿Lo habría escrito él?, ¿Lo había escrito en posición de alguno de sus reflejos?, ¿Es solo un sueño?; pero todas se iban diluyendo mientras una nueva y más estremecedora surgía: ¿Exactamente que significaba “...ya todo sobre lo que podía escribir ya está escrito...” ?. Cualquier respuesta si existe, el no la sabia, no la sabe ni la sabrá.




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