miércoles, 30 de marzo de 2011

La llave dorada (parte 8)

Podríamos decir en que momento sucedió, intentar olvidar la carnicería, fingir que yo no era él, mas, eso seria negar los hechos, y aquel que niega su pasado, se niega a si mismo. Acto que, en definitiva, no me perdonaría.
Nunca conocí a los seres que me engendraron, pero tengo la absoluta certeza de que no era de forma alguna apreciado por ellos; Como todos aquellos olvidados, tomo como un hecho, mi nacimiento en aquel pueblo donde me encontraron, entre los desperdicios, de aquella tierra maldita, ignorada por el mundo, escondida de su vista entre la gran neblina, que oscurecía los cielos por todos mis días. Solo de vez en cuando, entre las nubes, por efímeros instantes se podía ver, aso llamado sol.
Me crié en el orfanato Dumas, el cual, se encontraba bajo el cuidado de la señora Saladin. Aquella mujer de rasgos fríos, que se conjugaban con todo lo demás, rodeando la gran variedad de ángulos en torno mios. La imagen del orfanato, que solo era una casona vieja, con su madera dura, venida de algún rincón desconocido en las profundidades de la jungla. De dos pisos de alto; Con la plata baja donde se encontraba la estancia, los dormitorios, se encontraban en el primer piso, en un cuartucho amplio, a unos metros del lugar donde dormía la señora Saladin. Y el segundo piso, era un desván, donde todas las cosas rotas llegaban.
-¡Se rompió el quinqué!-
-Rápido, al desván-
-¡Se rompió una muñeca vieja-
-Llevala al desván-
-¡Se rompió el sillón!-
-Cargalo al desván-
-¡Se rompió la pierna!-
-¡Al desván¡, ¡Al desván!, !Halla se le curara!-
Entre aquellos huérfanos, mis miserables iguales, probablemente, yo era el mas desgraciado. Siempre e detestado el clima fría, nunca me acostumbraba. El verano daba paso al otoño muy rápido, este se trasformaba en duro invierno que me parecía eterno, era un alivio efímero la primavera; que su inalterable paso, yo sufría en el rincón, al fondo, próximo a una oscura ventana, donde noche tras noche buscaba el descanso sumido entre el olor de la madera húmeda en podredumbre, de las camas, cubiertas de sabanas rotas, que despedían una sucia fragancia escondida en su fibra; remendada con torpeza usando retazos viejos, de colores opacos, descoloridos por la innumerable transición del día en la noche, de la noche en día.
Son pocas las imágenes de esa vida que no se han convertido en figuras de olvido, desdibujadas por el paso del tiempo, para, algunas, nunca regresar. Una imagen deprimente que, para mi sorpresa, a quedado impresa en mi memoria, quizá, sea por eso.
Una noche tormentosa. Por la ventana, cuando las sombras huían heridas por la centella, podía apreciar las gotas gordas de lluvia, caer con pesado ímpetu a la tierra ahogada, el sonido de la tormenta era llevado a mis oídos, por el viento que se colaba por recovecos inexplorados. Y en aquella obscuridad, la pobre luz, venida del viejo quinqué, no me bastaba para sentirme seguro.
La noche tenia poco de entrada, cuando ellos entraron por la puerta, era más grandes, por uno o dos años. Me miraron, como se mira a una alimaña.
-Este es señor cara dura- Dijo el que tenia la apariencia mas amenazante.
Camino hasta encontrarme cara a cara. Yo aproveche la ocasión, para entender las lineas que surcaban su rostro, dándole la apariencia tremebunda. La quemadura de su cara, desfigurando lo que en el pasado pudo ser un rostro bello. Tenia entendido que lo provoco su padre con un hierro al rojo vivo, el mismo, que arranco la vida a su madre.
Se percato de en que lugar posaba mi vista. Lanzo un duro golpe a la boca de mi estomago, me doble, sometido ante el dolor. Y sin embargo, yo seguí mirándolo, sin comprender.
-Ven, ni siquiera abre la boca, no se pone a llorar. No grita. No hace nada- Dijo él de nuevo.
Sentí un golpe más fuerte, ahora en mi cara. Cerré mis ojos, dejando que el dolor me trasportara en sus aguas, furioso torrente, agudos recodos engarzados, con los que chocaba una y otra vez. Abrí los ojos y lo mire. Me percate, del espanto en su cara. Me empujo contra el suelo y prosiguió con a golpear mi cara, mi cuerpo, toda parte mía. No podía moverme, lo tenia sobre mi, no gritaría, no le daría esa satisfacción.
-Con que quieres verte duro, ¿he?, ¿Eres mudo?, eres...- dijo.
-No...- surgió desde el fondo de mi ser.
Solo conseguí, ráfagas más violentas y continuas. Mi mundo giraba en esas imágenes entrecortadas. Mis ojos no podían enfocar nada, todo eran sombras y luces fantasmagóricas, que se extendían sobre mi, cubriendo mi ser, separándolo de la carne.
No fue la primera vez que pasaba aquello. Siempre encontraban una oportunidad para golpearme. Era la horrible rutina. Desde esa noche a la siguiente, a las que continuaron. Me pregunte ¿Por que?. Seria por la incapacidad de mi rostro por mostrar mis emociones. Odiaban la mascara que en mi jugaba el papel de cara; o, simplemente, por que al ser miserable, por norma, se suele necesitar que alguien lo sea más; tal vez como ultima esperanza, y si era eso, yo me había convertido en su esperanza. Hasta aquel día, que, entre las imágenes irreales, escuche su voz.
-Dejalo Ticacri, dejalo...-
Se detuvo, aquel caleidoscopio infernal. Cuando eso paso, pude darme cuenta, me miraba con desprecio. Se quito de encima. Y volteo a ver quien le hablaba. Yo también gire mi cabeza; ya que, también quería saber quien era mi salvador.
Era Elin, Elin Bory Groe, una niña de nuestra edad. Sabia poco de ella, solo que quedo huérfana cuando sus padres murieron en un accidente hace unos meses. La vi llegar, desde las escaleras. Ella estaba llorando, sujetando las faldas de una señora, al tiempo que esta, charlaba con la señora Saladin. Me costaba trabajo pensar que esa niña, ahora, nos observaba fijamente, con el ceño ligeramente fruncido, en especial a aquel, a Ticacri.
-Vámonos- dijo él a sus achichincles, y se fueron a la otra habitación.
Ella se aproximo.
-Ese Ticacri, siempre molestando a quienes son mas chicos; ¿estas bien?-
Recuerdo como salían las palabras de sus labios, mientras me levantaba.
-¿Por que me ayudaste?- no pude evitar preguntarlo.
-No me gusta ver a ese tonto de Ticacri molestando a otros-
-¿Y si te pega?-
-No, sabe que a las damas no se les pega.- Contesto con una radiante sonrisa,la expreción de su rostro cambio.
-Escucha Lud, no dejes que te peguen, lucha.-
-Eso es lo que el quiere- conteste.
-¿Es mejor que te pisen?-
No conteste. Ella me extendió su mano, yo la tome, y note que era cálida. ¡Era cálida! Lo veo, ahora lo recuerdo más claro. Recuedo, antes de ese día nunca había sentido el calor de otro ser humano. El sol, escondido entre las nubes malditas, omnipresentes en el cielo, cubrían todo el año, a toda hora; Hacia calor, pero era insuficiente como para ahuyentar ese frío profundo de mis huesos, de mi alma; me e tomado la libertad de creer que tampoco calentaba a nadie. Nunca conocí las estrellas, ni la luna que describían los poetas. La única luz que realmente iluminaba mi existencia eran la sonrisa de Elin, y, el fuego.
¡Ho!, aun recuerdo, el fuego, su calor, su forma danzando encadenada por etéreos limites impalpables con el aire. Lo observaba toda la noche arder, devorar la madera en un brillo rojo, trasmutándola en negro carbón, llegando en un ultimo instante al gris inerte. Veía a las salamandras danzando, trasformarse en jovencillas, con sus formas sugerentes, extendiendo sus manos, incitando a que acariciara sus curvas, a que me uniera a su danza. Fue tan grande el impacto, que acerque sin dudarlo mi mano intentando tocar su silueta torneada. Pero me detuvo una mano grande, simiesca. Gire la cabeza a ver quien. Era un tipo grande, feo, con los ojos hundidos en la carne negra.
-No, te quemaras...- Me dijo en un tono bobo, lento.
Yo lo mire. Con mucho pesar, regrese a mi oscuro y frío rincón, alejado de la fogata. Cerré los ojos y...¡El milagro!. Vi el fuego arder en la obscuridad de mi mente, a la hermosa doncella surgir de él. Todo su cuerpo era una llama. La cara y pecho, dorados, naranja los risos de su cabello, y sus pies, de un color azul. Me abrazo, o ¿Yo la abrase?. Sentí el calor en mi piel, por dentro, vibrando, pero el fuego no me consumía. Yo era el fuego. La doncella, me dijo algo al oído, algo que por más esfuerzo, era incapaz de escuchar. Todas las noches, el sueño con ella, y siempre me decía algo, ante lo cual mis oídos eran sordos.
El invierno paso, gracias a Elin pude soportarlo, con su calor tan cerca mio. Ella, y la dama de fuego, eran lo que me obligaba a continuar. Y lo eran, hasta ese fatilico día.
¡Ho desgraciado de mi!, ¡Es imposible imaginar el martirio!
Era una noche, silenciosa entre todos los ruidos nocturnos. Mis ojos se habían cerrado, comenzaba a ver, a la doncella en llamas, y escuche su voz con fuerza.
-Despierta, pelea.-
No cabía dentro de la emoción, pero...Abrí los ojos, para darme cuenta que una sombra se acercaba a mi. Intente esquivar, y el ente pronuncio algo. Sentí un golpe de inmediato. Reconocí la voz, más no las palabras. Era Ticacri. Me saco de mi catre, me arrastro al centro, sujetando mi cuello al tiempo que con su otra mano, me tapaba la boca, era más fuerte que yo, no podía quitármelo.
-Elin, mira, tengo a tu novio...- Dijo en tono burlón.
En eso despertó Elin, reanimada por esa fuerza que siempre la motivo a defenderme.
-Ni puedes dejar dormir a Lud- dijo, cuando se dirigía a ayudarme. Surgieron, espectros de la nada, dos sombras que sujetaron su brazos. Eran esos achichincles de Ticacri. La tiraron al suelo, y le pusieron algo en la boca, para impedir las palabras.
Sentí el aliento caliente y fétido dictando la sentencia.
-Como nos dimos cuenta de que por más que te peguemos, nunca te resistirías...-
Los otros comenzaron a pegar con fuerza a Elin. Yo la observe ahí. Cada golpe, era un aguijón, penetrando mi alma, y retirándose para repetir la herida mortal. Las gotas tibias, señal del martirio, resbalaron por mi cara.
-Miren su cara- dijo uno señalándome.
-Si, no creí que tuviera esa cara...-
-Esta llorando...-
-También ella, que poco aguanta-
La soltaron. Ella no lo pensó, y se levanto corriendo, entre sus gimoteos.
-Señorita Salin.- pude entenderle.
Ticacri me soltó, y corrió detrás de ella. Me quede inmóvil, no sabia que hacer. Un instante después de que salieran del amparo de luz azulada de la luna, tragados por la obscuridad, se escucho un ruido, luego otro, y uno más. Todos en rápida e infernal sucesión, llegando, cada vez de más profundo. Solo regreso de la penumbra, Ticacri con la cara pálida, como un muerto.
-Agarrenlo.- Dijo con la voz temblando.
Ellos me sujetaron. No podía decir nada, solo escuche la voz.
-¡Señorita Saladin, Señorita Saladin, Lud empujo por las escaleras a Elin!-
Al escuchar eso, mis fuerzas se fueron, intente gritar, decir cualquier cosa, pero no pude.
La luz de un quinqué alejo las sombras. La vi acercarse a la habitación. Era la señora Saladin, alarmada. Bajo las escaleras, escuche su suspiro, un grito de espanto.
-Esta muerta, esta muerta...- Dijo al tiempo que el sonido de sus pies, cruzando por las escaleras, se hacia más veloz, intenso.
Me miro desde la puerta, cual engendro que debía ser a toda costa exterminado.
Tomo un madero, el mismo que siempre nos aporreaba cuando nos portábamos mal. Se aproximo, sosteniéndolo por la parte más delgada. Los otros me soltaron. Caí al suelo por la falta de fuerza en mis piernas, y siguio, el dolor, el dolor.
¡Ho pobre Elin!, ¡Aquella Elin, aquella!, ¡Que me mostró su humanidad!, ¡Aquella ninfa inocente cuyo único crimen fue correr en mi auxilio!, ¡Quien con una sonrisa era capas de alejar la obscuridad, arrojando un poco de luz sobre mi espíritu!, ¡Sus ojos no verían nada más, nunca más!.
-Yo no fui...- Fue lo único que pudo salir de mi garganta, un intento insulso de apología.
-Yo siempre supe que era malo...- dijo Ticacri, con una sonrisa.
Cerré mis ojos, intente no pensar. Vi a la dama de fuego, llorando, con una gran sonrisa. Todos los sonidos desaparecieron. La dama, camino con su ardiente figura, me abrazo.
-¿Que a sucedido?- pregunto.
-Ellos, ellos mataron...-
-¿A quien?-
-A... a... Elin...-
-Elin esta muerta- confirmo Ella
-Sí, muerta. -
-¿Por que paso eso?-
-No sé, no sé...-
-No corriste tras ella, esperaste-
-Lo sé..- Rompí con llanto hondo.
-Calma mi niño, calma,...- dijo ella, acariciando mi cabeza. -¿Que quieres hacer?- Me pregunto
-Yo...- mi voz temblaba
-¿Que quieres hacer?- Pregunto de nuevo, con más fuerza.
-Yo quiero...- intente también elevar mi voz, mas mi llanto lo impedia.
Sentí como mi sangre hervía, corriendo por mis venas, chocando contra el corazón. Sentí como este ardía, se consumía. Un gran dolor se extendió por todo mi pecho. Mi corazón, era fuego.
-¿Quemar?- Pregunto ella, estrujándome contra si.
-Yo quiero, yo quiero quemar, yo quiero quemar... ¡Yo quiero quemar!-
Abrí mis ojos. La carcajada que inundo la habitación, lo fue todo. Un gesto que me pareció ajeno, ¡Pero sin duda me pertenecía!. En mi rostro, pude percibir como se secaban las lágrimas en un instante. Note en la cara de la señora Saladin algo que no pude definir. El ver como se alejaba de mi, el ver como se iluminaba su cara por una luz más grande que la mortecina flama del quinqué.
Una fuerza nueva, más viva se extendió por todo mi cuerpo, por mis venas. Y mientras esa fuerza inundara hasta desbordar lo que yo era, nada importaría, nada, ni que yo mismo fuera un demonio. Por que yo, podría hacer lo que fuera.
La señora Saladin se incendio, como el pabilo de una vela. Se rebolco en el suelo, gritando, hasta caer exánime. Corrí contra los otros. Era más rápido y fuerte de lo que alguna vez imagine. Sujete su cuello. Lo aprete con fuerza, y escuche con deleite como se quebraba. Salte al otro, mi puño rompió su cráneo como una frágil membrana. Mire a Ticacri, sentado en el suelo, inmóvil. Mis manos fueron llamas.
-¡Alejate monstruo!, ¡alejate, alejateee.!- grito.
Pensé en decir muchas cosas, un discurso, una defensa, un motivo, para justificar por que lo hacia. Tanto paso por mi mente, tantas palabras de las cuales no conocía su verdadero significado; y que al final, no dije ninguna.
-¡Arde!- Lo resumía todo.
El fuego se extendió, no pude detenerme, sentía la necesidad de librar el mundo de ellos, sentí que nadie merecía vivir. No puedo recordar los rostros de las personas cuya vida segué con mi fuego, solo los gritos. Al final, nadie se salvo, yo me incluyo.
Aun me veo, esa mañana. Sostenía en mis brazos a Elin. Su herida mortal en su cabeza, no había quitado rastro de su belleza. Sus ojos seguían abiertos. Note que de su cuello pendía un extraño amuleto. Una extraña pieza. Un triangulo dorado, inscrito dentro de un circulo plateado, y en su interior, un circulo circunscrito, delimitando a una gema purpura.
Estuche quebrarse una rama.
-Esa es la llave...- dijo una voz, oscura, del mismo punto.
Me gire a ver quien se atrevía a quebrantar la paz de Elin, la misma paz que una parte mía tanto anhelaba. Estaba dispuesto a hacerlo arder. Pero no había nadie. ¿Mi imaginación?.
-La enfermedad y la muerte producen cenizas de todo el fuego que por nosotros arde. De aquellos grandes ojos tan fervientes y tan tiernos, de aquella boca en la que mi corazón se ahogó... - Dijo, y cerro los ojos de Elin.
Me miro a los ojos. No entiendo por que. Los ojos de ese hombre, eran como los mios. No pude evitar romper de nuevo en llantos, un hondo sentir contenido. Sentía que aquel completo extraño me conocía mejor que cualquier otra persona.
-Llora, pues las lágrimas más amargas son las que nunca se han llorado, pero es mejor que salga ahora, por que así se alivian los sentimientos nacidos de la tragedia-
Mis lágrimas continuaron un largo rato. Él se quedo observando, el largo tiempo, al final, se habían me detenido. Observe a el hombre. Algo en él, no sé que, me inspiraba tanta confianza. Era un hombre maduro, con barba de pocos días. Vistiendo una túnica de color negro, de tela muy fina.. Toda su piel era blanca, más pálida incluso que la mía. Y su cabello del mismo color de la túnica, extendiéndose hasta sus pies. Pero sus ojos, eran de un color gris.
-Gracias por sus palabras...-
-No todas las palabras de un hombre son de él. Muchas son de Baudelaire, mas, dejemos la charla, he venido por lo que pende de su cuello- dijo señalando al amuleto de Elin..
-¿Para que?- le pregunte
-Tengo un sueño, un mundo donde no existan sufrimientos, sin dolor, sin aflicciones, un mundo perfecto, y para alcanzar mi sueño, es fundamental, lo necesito.- dijo con una gran sonrisa.
Note en su voz que hablaba desde el corazón. No existía la mentira en su decir.
-¿Puedo?- me pregunto señalando al cuello de Elin.
Yo solo asentí. Él, con mucho cuidado, tomo el collar; de forma, creo, de que no me molestara.
-¿Quien es usted?-
-Soy solo un... servidor... yo no tengo nombre, jamas se atrevió a darme un nombre, como tal, mi creador, pero, si te apetece, puedes llamarme Mefistofoles- Dijo un poco risueño.
-¡Nombre más extraño!- exclame sin pensar.
-Sí, en efecto, es un nombre extraño, para un ser ya de por si extraño...- me miro un momento. -¿Con quien tengo el gusto...?-
-Yo...- titubee con decir mi nombre. - Yo me llamo Ludarie Abe-

jueves, 24 de marzo de 2011

Justicia injusta

Atacas y castigas los crimenes
pero no te pones en zapatos del criminal.
Intentas glorificar a los héroes,
olvidando los defectos del mortal,
olvidando que también son pecadores.

Ves los actos malvados
Y clamas por el lex talionis
en cambio los por tu mano cometidos,
quedan sepultados en tragos de anís.
Llenas más vasos.

Intentas jugar al salvador,
al tiempo que vendes
tu alma al mejor postor.
¿Sientes los olores?
¿Sientes en tu nariz, el azufre, el ardor?

Ves correr a la obscuridad a los ladrones
tu corazón palpita por el susto letal,
lanzas a los vientos maldiciones,
y los asesinas de forma mental.
Ellos sacian sus hambres.
Nadie vela por la apología del verdugo.
Todos critican el juicio a los mártires,
y a aquellos que creen sufren de yugo.
Se recitan los veredictos a los presentes:
¡Condenado por prejuicios del vulgo!
¡Proclamado inocente sin más exames!

¡Nadie es inocente, todos son criminales!
¡Todos son inocentes, nadie es criminal!
¡Somos culpables! ¡Somos inocentes!
¡¿Alguien cree en esta declaración demencial?!


"Justicia injusta" por Barajas Fierros Osvaldo se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-SinObraDerivada 3.0 Unported.

miércoles, 23 de marzo de 2011

La llave dorada (parte 7)

Allolan no dijo nada; la mirada de Alfonso y aquel caballero, satisfacía más que la palabra. El rostro de Alloan se ensombreció un instante, la mirada se torno fría. Solo camino entre ellos, deposito el cuerpo de Adea desprovisto de su propia fuerza en el suelo. Se arrodillo a su lado, observo el bello rostro por un instante y mascullo algo entre dientes, al tiempo que su propia cara se vio ensombrecida por un instante; acaso tristeza, melancolía o cualquier otra cosa; al final da igual el acontecer dentro de los muros de su mente; ya que de inmediato recobro su fría actitud.
Alloan volvió de inmediato la cabeza, solo para clavar una penetrante mirada en Alfonso;  sus ojos, inspirando cierto temor, eran espejos de perturbación impasible ante las imágenes frente a ellos.
-¡Vasile!,  ¡Que Beeyron no muera!, le prometí una celda, para ella y los otros, ¿entendido?-  Dijo Alloan enérgico a Alfonso, contrastando con expresión en su cara. Dejo de encajar las afiladas pupilas en Alfonso para posarlas hacia el suelo,  como quien está cansado después de una batalla. No se podía decir si miraba a el piso o al cuerpo de Adea.
-¿Por qué me ordena a mi?, ¿Qué a caso no es labor del caballero?...- respondió molesto Alfonso; Alloan lo miro nuevamente, y pronuncio en español, con la voz calmada -Tengo que encontrar la manera para someter a el fuego...-
-Pero tengo que encontrar a Ev...-
Alloan  se levanto del suelo, lanzo una mirada de peso extraordinario sobre Alfonso. Y con la voz severa y fuerte dijo.
-¡¿Acaso puedes hacer algo?!, ¿Puedes ayudar a todas las personas rodeadas por aquellas muy malditas flamas surgidas de lo profundo del Infierno? Ahora, solo puedes cuidar de ti mismo, y...- titubeo un instante, elevo la cabeza, mirando al cielo, dijo algo que Alfonoso no pudo distinguir.
Alfonso no respondió, el nudo que se formo en su garganta no dejaba salir a las palabras. Por su parte, Alloan miro al caballero, dio una orden incomprensible, y los dos se perdieron tras la cortina de oscuro humo. Solo quedaron Alfonso y Paolo, rodeados por la obscuridad, con un cielo azul ultrajado como techo. Parecia que el sol se ocultaria en el horizonte, pero era aun temprano. Las circunstancias los habían guiado en una extraña suerte a -sin saberlo- estar dentro de un claro entre el humo, un oasis celestial entre ese infierno.
Alfonso dirigió la vista a Adea. Le parecía difícil de creer a quien pertenecía aquella apariencia. Sus ojos recorrieron el cuerpo de arriba a abajo, -mas por incredulidad que por morbo-. Noto que a la altura del pecho, ahí, sobre la negra tela, un agujero, igual al que dejan los filos. Alfonso imagino una cuchilla, abriéndose paso, atravesando las fibras, rasgándolas, resistiendo hasta el momento en que se partían. Desvío el pensamiento. Ese agujero, permitía ver la blanca piel que protegía.
Dejo de verla. Observo a Paolo, quien caminaba manco de su pierna para encontrarlo.
-¡Yo quiero una mujer como esa...!- exclamo alegre Paolo. No tardo en darse cuenta que solo estaban él y Alfonso; anidio en un tono mas serio -A propósito hombre, ¿a dónde fueron esos tipos...?-
-Fueron a intentar apagar el fuego, y, no querrás una mujer como ella...- respondió a secas Alfonso señalando.
-¿Por?-  contesto con inocencia Paolo, haciendo un cómico ademán con las manos.
En ese momento Adea abrió de par en par los ojos e intento moverse; -y remarco intento- puesto que ante cada movimiento, una serie de pequeños hilos rojos, los cuales nacían del agujero en la tela. Aquellos hilos, extendiéndose por su cuerpo. Los hilos guardaban cierto símil con las venas, juntándose con otros hilos de la parte inferior. Sujetando los brazos para que no se separaran del torso,  encadenado las piernas en una angosta espiral; con cientos de pequeñas ramificaciones por todas partes. Parecían tener el mismo origen en el interior de Adea. Sus ojos estaban rojos, llenos de ira. Se movía sin conseguir nada, retorsiendose entre violentos espasmos. Alfonso salto del susto, y se puso de pie al ver la frustración en la cara de Adea. Ella dejo de moverse, observo detenidamente a Paolo y Alfonso, mostrando los dientes blancos.
Paolo -ligeramente sonrojado- se aproximo a Alfonoso y le susurro algo al oído. Alfonso se ruborizo un instante.
-¡¡¡Nunca entenderé como puedes pensar en ese tipo de cosas en un momentos como este, y principalmente, con una mujer como ella!!!- Exclamo sorprendido Alfonso, haciendo un ademán con la mano para reprender a Paolo.
-No me culpes por ser hombre...- contesto Paolo condescendiente.
El gesto de Alfonso se torno más calmado.
-Si tu puedes verla, eso significa que, todo esto es real...-
-Aun sigues con eso...-  contesto Paolo.
-¡Soy real, solo sueltame y te lo mostrare...!- proclamo Adea .
Ella miro al rededor y noto a los hijos de Halhatatlan en el suelo inconscientes.
-Los tontos de los hermanos Halhatatlan- susurro molesta.
Alfonso no presto atención. Aun podían escucharse entre el rumor del mar, los gritos acompañados por más cansados y apagados sollozos.  La esencia de la carne chamuscada, se sentía picando las terminales nerviosas de la nariz, incitando a salivar.  Alfonso sintió asco de si mismo. No podía negarse que tenía hambre.
-¿Cuanto tiempo a pasado?- murmuro.
Intento no pensar en aquello. Noto que los cuerpos de aquellos extraños hermanos estaban esparcidos sin orden. Camino a uno de ellos, al hermano rubio, lo sujeto por los hombros, con especial cuidado de no despertarlo. Noto que era más pesado de lo meditado.
-Ayudame a moverlos Paolo.-
Paolo solo asintió. Terminaron de mover los cuerpos de los extraños hermanos junto al cuerpo aun trasformado de lo que fue el hermano pelirrojo. Los recargaron en este, de forma tal, que daban imprecisión de estar sentados descansando tras un duro día. Adea solo se limito a ser espectadora.
-¡Si me atreven a tocarme, juro que cuando me suelte, se los haré pagar...!- era la letania de Adea cuando movian Paolo y Alfonso los cuerpos inconscientes.
Caminaron a ella. repitió el reclamo anterior. Pronto los dos hombres pasaron de largo, solo la ignoraron. Paolo le dirigió la mirada por un instante. Termino para ver a su viejo amigo.
-Tengo que ir a buscar a Ev...- Fue lo único que dijo Alfonso.
-Pero y lo que dijo Alloan...-
-Lo sé, pero bien sabes...- Alfonso no termino la frase, dio media vuelta, se perdió entre el humo.
Paolo giro a ver de nuevo a Adea.
En ella, su faz,severa, se suavizo. Conocía, a pesar de ser ajena, parte de la naturaleza de los humana. Sabía que en cualquier parte, todos comparten los mismos gestos, tal vez porque son inherentes al género humano, o, solo por que en algún pasado remoto, todos fueron el mismo pueblo. En Paolo era curioso. Había visto esa expresión antes, de quien cargar una gran tristeza, profunda que hasta su sonrisa la trasmitía.
-No te muevas de donde estas...- Fueron los únicos sonidos en surgir de esa mueca que le dirigió Paolo, antes de partir detrás de Alfonso.
Adea se quedo pensando u instante en ellos. Recordó su situación.
-¡¡Pero cómo es que se atreven a ignorarme...!!- exclamo Adea, mientras se retorcía indignada en un nuevo intento por liberarse.
Un grito fuerte, agudo se escucho proveniente del humo. Adea lo reconocio.
-¡Maldito bastardo! ¡Kiesaaller, yo tenia que acabar con su vida!-

-¡Ningún astro, desde luego, nada de vestigios de sol, ni siquiera en lo bajo del cielo, para iluminar estos prodigios, que brillaban con su propio fuego!- Caminoel extraño.
Con sus manos envolverse entre llamas azuladas, emanando fría luz; preparadas para que besar en ardiente emoción, como un último acto pasional a aquello que consumirán. Mirando a Ev, cual indefensa criatura ante él.
Una enfermiza sonrisa, mostrando los dientes blancos afilados, se formo. Y con voz macabra, proveniente de lo más hondo en su oscura alma, recito en éxtasis dantesco.
-¡Ho! Baudelaire, Baudelaire, ¿Cómo puedes escribir con tanta maestría sobre el combustible que mueve la maquinaria, ardiente y oscura, dentro de mi ser?. ¡Solo tu entiendes a cual infame engranaje me refiero!, ¡Solo tú comprendes la razón tras el placer mal sano que lo hace vibrar y seguir por este valle donde todos están muertos por dentro, donde se esconden tras las muy muy falsas, muy frágiles, mascaras de su hipocresía!, ¡De ese órgano oxidado al que con tanto desprecio nombro bajo el termino frivolizo y mal ensalzado de «corazón». ¡Consumido esta!,  quedando solo las aun ardientes cenizas, conteniendo el ardor que exige algo que devorar!-
-Mi niña pequeña. Naci en un pequeño pueblo. No recuerdo donde estaba, ni como era, pero recuerdo las palabras. Demonio, Monstruo, Engendro. Siempre siempre, siempre, siempre, siempre, siempre, preguntando al mundo ignorante que jamas me daría las respuestas, ¿Por qué existo si no e pedido eso?, ¿Por qué debo defender esa existencia?, y principalmente, ¿Por qué no debo acabar con la de los otros? ... ¡Así que los queme a todos!-
-Estás enfermo- contesto Ev, mientras se levantaba.
Las flamas en manos del hombre se apagaron. El hombre se movió rápido, extraordinariamente rápido. La abrazo con fuerza contra él, cómo si se tratara de una amante. El hombre sintió contra su piel como intentaba Ev liberarse, mas sin embargo,  no le quedaban fuerzas. Aproximo los labios a la oreja, y susurro con aliento cálido.
-Enfermedad, mi pequeña niña, es solo un eufemismo para lo que tengo.-
Las manos se encendieron. Ella grito, con mucha fuerza.


miércoles, 9 de marzo de 2011

La llave dorada (parte 6)


-¡¿Qué demonios esta haciendo aquí?!...¡¿Paolo?!- Exclamo Alfonso mirando descender la silueta negra entre el azul del cielo, profanado por la explosión.
-¡Sí, lo veo!, no puedo decir que esta pasando, no entiendo ni una puta mierda, pero puedo decirte que no es nada bueno...- Respondió Paolo nervioso.
-¿Como es que sabes eso...?- pregunto Alfonso.
-Es simple, nunca es bueno ver una explosión y después un cuervo gigante descendiendo de ella... un minuto, ¿no me digas que ese fue?...-
-Sí, ese fue el cuervo del que te hable, el que lastimo a Ev.-
-¡Beeyron!- Exclamo Ev; acto seguido, corrió a alguna parte de la plataforma.
Alfonso y Paolo comenzaban a ir por detrás de ella. Justo en medio de su camino, una mole plateada y brillante bajo el sol se interpuso, era el hombre de la armadura con el cual Ev se encontraba hablando hace unos segundos.
-Hombre, dejemos pasar, dejemos pasar...- Pronuncio Alfonso.
La demás gente en la plataforma, solo murmuraban cosas en esa lengua. Algunos se habían levantado de inmediato. El hombre que detenía a Alfonso y Paolo grito algo, todas las personas parecieron sosegarse un instante; pero los susurros abundantes en nervios se multiplicaron llenando el aire.
Pronto se escucharon muchas más explosiones de aquel lugar donde se perdió Ev. Una ráfaga de aire caliente llego proveniente detrás del caballero; entremezclado con un poco de humo negro, acompañado por el olor a carne chamuscada; los gritos llegaron solo con una minúscula diferencia, infinitesimal. La gente al rededor, en esa plataforma, grito agitada por el miedo. El hombre de la armadura grito en pronto intento de calmar la agitación; mas esta vez nadie le presto atención.
Todos comenzaban a correr a cualquier punto que los alejara, que les regresara su seguridad. Llegaron entre empujones a la puerta. Se apretaron contra ella. El caballero seguía diciendo algo, de su boca ya no se le podía distinguir ningún sonido de otro; todo era caos, caos por salir.
Alfonso y Paolo comenzaban a dirigirse hacia la puerta, a ese cuello de botella. Cuando desde el fondo, se escucho venir entre el aire un grito desgarrador, que estremeció el alma de muchos. Alfonso, reconoció el sonido. El hombre de la armadura también pareció reconocerlo; sin duda pertenecía a Ev . Los dos comenzaron a correr en esa dirección, con el corazón sostenido en las manos. Resulta increíble como el humo en solo unos pocos segundos se torno en extremo denso; haciendo pesadas las acciones de respirar y ver. Alfonso sintió como unas manos lo sujetaban de los hombros y le impactaban con fuerza contra una la pared ocultada entre todo el humo.
-¿Que pasa por tu cabeza hombre...?- Le grito alguna persona. a pesar del ruido de la demás gente, reconoció la voz de Paolo.
-No lo sé...- respondió Alfonso resignado, al tiempo, una ligera sonrisa nerviosa se esbozo en su rostro.
En verdad no tenia una explicación, aquel movimiento completamente irracional. ¿Por qué razón? ¿Qué le había motivado a correr al solo escuchar el grito de Ev?. Paso entre los profundos y numerosos recovecos de su mente, por solo un ínfimo instante, al final encontró la razón entre los pliegues de su memoria.
-¿Somos amigos verdad?- pronuncio en casi un susurro a Alfonso.
Paolo pudo entender a la perfección las palabras, a que se refería; sus pupilas de se contrajeron por la sorpresa.
-¿A que viene eso hombre?- Pregunto Paolo, intentando fingir que no podía comprender.
-¿Puedes recordar por que motivo somos amigos...?-
Paolo dejo de sostener los hombros de Alfonso. Él comenzó a correr al punto en que se origino el grito. Paolo solo pudo ver como Alfonso se perdía entre el profundamente negro humo.
-Sì, mi ricordo di lui fottuto pazzo...- contesto Paolo en italiano, miro a la gente intentando salir por la puerta, y anidio -Perché sono persone che pagano i loro debiti ...?-
Camino por donde vio ir a Alfonso. Al parecer, existía una especie de puente, hecho de la misma roca, conectando a esa plataforma con otra mucho más grande. Un fuerte viento proveniente del mar, con su salada esencia disipo el humo momentáneamente; solo el tiempo que toma suspirar. Paolo pudo ver a Alfonso metros adelante, cubriéndose la boca con la manga de su camisa. El humo volvió a cubrir los ojos.
Alfonso se guiaba por el tacto, respirando el aire filtrado pobremente por la manga. No podía ver nada; seguía a tientas por la pared de antiguas y desgastadas piedras por la intemperie marina, intentando encontrar un camino que lo llevara a ella. El sonido del fuego engullendo cuanto se encontraba a su alcance era claro, rítmico; formando una extraña melodía junto al de las olas que chocando contra la base, acompañaban a aquellos gritos, aquellos murmullos, y aquellas lágrimas de aquellos ocultos al otro lado de la densa cortina formada por oscuro humo. Pudo escuchar entre el caos, un sonido, una charla con las voces calmadas, contrastando con la melodía caótica. Sonaban las voces con tonos semejantes a las de quien sostiene una platica con un viejo amigo. No pudo entender nada; la conversación era en esa lengua de sonidos extraños.
El viento marino volvió a soplar proveniente del sol, arrastrando parte del humo. Y diviso a Alloan, con un gran arco compuesto de color rojo carmesí; con la cabeza de un dragón, con la boca abierta del punto en el que surgían las flechas, y debajo de la cabeza, lo sujetaba con su mano izquierda. Unos metros más adelante, una mujer en negro. Las mangas del traje de Allolan habían sido rotas, dejando al descubierto la frágil carne, la herida, sangrando cual torrente imparable en la parte superior del hombro, de tal forma que su brazo ante la luz obtuvo un lustroso rojo brillante. Ya no tenia la gorra de plato ocultando su cabello desaliñado.
La mujer frente a él era de una piel en extremo blanca, sin ninguna mancha, ni marca. El vestido tan negro como el humo, era largo, cayendo más allá de donde terminaban sus pies, extendiéndose por el suelo, y donde finalizaba, plumas largas de color negro proseguían con la exención; ceñido a la cintura, llegando a un cuello de tortuga, con plumas negras al rededor; dejando descubiertos los brazos blancos. Con su cabello oscuro, largo, llegando por debajo de sus rodillas; cubriendo su espalda.
Dijo algo en esa lengua aquella mujer; lo escucho claro. Alloan, se llevo los dedos índice y pulgar al pecho, a aquel punto donde con seguridad palpitaba su corazón. Jalo la mano al frente, formando con ella un hilo delgado de color rojo, el viento lo agitaba, haciendo posible que desafiara de forma aparente la física de su naturaleza. El hilo dejo de agitarse en el viento, se torno en un rígido solido. Alloan elevo su arco, con la boca de dragón apuntando contra la mujer, colocando esa saeta escarlata. La mujer corrió contra Alloan mucho más rápido que cualquier humano, sus pies se separaron del suelo, de entre su pelo emergieron las alas remontándola al aire, el cuello de tortuga comenzó a elevarse, engullendo la cabeza, trasmutando su naturaleza en un pico, las manos se hundían en un cuerpo negro, la tela se volvía en pluma negra, una pata surgía. Todo paso en un segundo, el humo lo cubrió todo de nuevo.
La evidencia parecía indicar que ninguno de ellos lo había visto. Busco la fuente del humo; grandes conjuntos separados, de flamas rojas bailando unas junto a otras, en circulo al rededor de algo. No podía ver que había detrás, eran tan grandes como él, y separadas por un milímetro. Un grito se escucho en lo alto. No pudo definir si acaso era de Alloan o la mujer -Quien sin duda era Adea-.
Un grito mucho más cercano capturo su atención. El volteo y pudo ver como las flamas del circulo más cercano a el giraban juntándose para finalmente dibujar la figura de un hombre; este, que cayo en el suelo gritando de dolor, revolcándose en un intento de extinguir las llamas a rededor de su cuerpo, que para mantener su brillo y calor devoraban su vida; dejo de moverse, estaba muerto. Alfonso elevo la mirada del cadáver; no había ya nada que pudiese haber hecho, ni nada podía hacer ahora. La expresión de sorpresa cubrió su rostro. Pudo ver un gran numero de esas llamas en círculos, esperando consumir las vidas de quien este en su interior; y escucho con claridad los gritos de quienes en su interior, esperaban ayuda.

Ev continuaba sentada, mirando como las llamas brotando del suelo comenzaban a encontrarse mucho más cerca. Sabia que era solo cuestión de tiempo antes de que la tocaran; y en el momento que sucediera eso, la consumirían de afuera hacia dentro; Tenia que encontrar una forma de salir. El calor era similar al estar encerrado dentro de un horno. Por su cara resbalaban las gotas de sudor.
-Pequeña niña, ¿No puedes soportar el calor...?- dijo una voz masculina, desprovista de toda emoción; cualquier cuerpo exánime si se atreviera a hablar, tendría ese tono.
Ella regreso su mirada al hombre que se acercaba, con sus pasos cortos y lentos; no tenia prisa. Era viejo; con los cabellos blancos, con la piel clara; la cicatriz en su frente se confundía con las arrugas que le daban un aire de antigüedad, tan viejo como el tiempo mismo; sus ojos eran de un azul oscuro, como el profundo mar en los días de tormenta cuando los nubarrones de un momento a otro liberarían torrentes, cubrían el firmamento. Con su ropa, consistiendo en un simple esmoquin negro, con el cuello ceñido.
Ev, busco a tacto por el suelo su espada, sus manos se cubrieron de polvo y un ligero hollín hasta que encontró el gavilán, deslizo su mano a la empuñadura, la sujeto y apunto el filo al hombre. Por su mente cruzo el pensamiento -unos centímetros más cerca-, recordó que al tocar las flamas su mundo habría terminado.
La herida de su hombro se había abierto, ahora sangraba manchando la ropa que perteneció a Alfonso. Se encontraba muy cansada, el golpe anterior no solo causo daño nuevo, provoco que las heridas cerradas por Paolo se abrieran; apenas podía sostener su cuerpo, un combate era algo ya sobre humano. Se levanto sin desviar la espada; pero no tenia la habilidad de evitar que le temblara la mano.
-Tu mano tiembla, ¿Miedo sera?.- Pregunto el hombre, átono. Elevo su huesuda mano derecha, y una flama azulada comenzó a arder, se apago de inmediato; continuo con el discurso.
-Tienes una linda cara...-
En un instante corrió contra Ev. Ella coloco su espada, se preparo para el golpe. El montante salio despedido de sus manos; pronto, sintió algo cálido rozando su mejilla; aquel hombre tenia la palma derecha en su rostro, y añadió -...es en efecto, una tragedia que un rostro tan bello tenga que perderse.-
Una sonrisa lobuna -la primera, y única emoción que había mostrado en todo el combate- se esbozo de forma demoniaca. Ev pudo reaccionar en el ultimo instante, empujándolo, justo cuando su mano se convertía en un carbón encendido. En su mejilla podía sentir el calor. Pudo quemarla superficialmente, como las quemaduras solares, no era nada en extremo grave. Aquel sujeto regreso a su actitud anterior, mascara sin emociones.
-Un inteligente movimiento.- dijo el hombre.
-¿Como llegaron aquí...?- pregunto Ev.
-Crees que eres lo suficiente importante como para decir como...-
Pronuncio eso, y cerro su puño. El circulo de llamas disminuyo en su diámetro.
-Aeda me dijo que no te matara, que ella quería hacerlo, pero le puedo decir que resbalaste al fuego...-

Alfonso continuo caminado, evitando tocar las flamas. Encontró en el suelo, tirado a el caballero de la plataforma. Su armadura seguía intacta; pero en su cara, la expresión era de completo terror. Aun respiraba, -se sabia por el leve sonido del aire saliendo de su nariz- pero no se movía. Alfonso intento levantarlo, pero no pudo. Noto que la pupila de sus ojos estaba dilatada, mirando a todas partes y a ninguna. Le dio un par de palmadas en la cara.
-No podrás sacarlo de su pesadilla...- dijo una voz extraña, a sus espalda.
Giro la cabeza; solo pudo ver el humo.
-Es inútil, no puedes separarlo de su miedo...- dijo la misma voz, desde otro punto.
Miro al rededor, pero en el humo seguía ocultándose.
-Solo saldrá si puede nosotros le permitimos salir....-
De entre el humo surgieron formando un triangulo a su alrededor tres oscuras figuras, formando un triangulo equilátero. Giro los ojos a la primera; era un hombre joven de cabello pelirrojo, que por momentos parecía arder como fuego; con brazas ardientes en lugar del iris, mirándolo fijamente. Alfonso giro la cabeza a su izquierda. Entre el humo la sombra de otro hombre; idéntico al anterior, más sin embargo, su pelo e iris eran del color de la nieve al momento de descender de los fríos cielos. Finalmente, volteo, a ver quien se aproximaba detrás de él; contemplo a un hombre de pelo rubio brillante, cual hebras de oro, con sus ojos de color dorado. Todos con la piel clara, pálida como muertos, con esclerótica y pupila de carbón consumido, cenizas oscuras de un alma inhumana; sin pelo en ninguna otra parte de su ser, cubriendo su cuerpo con solo un pantalón negro.
-¿Quieres saber a que sabe el miedo?- Dijeron los tres, sonando a una sola voz.
Comenzaron a caminar, cerrándolo en ese triangulo, cantando sin mover sus labios, una canción que sonaba en las paredes craneales; más y más fuerte a cada segundo, una melodía que guiaba a la psique en un camino hecho de desesperación, a un estado anímico. Su mente por un momento se alejo, con sus sentidos ardiendo, mandando impulsos nerviosos al tiempo que lo desconectan del mundo, llenando su mente de imágenes vomitivas, sensaciones desagradables.
Del humo surgió una sombra venida desde lo profundo; que golpeo a por la espalda, al hombre rubio. De este, sus piernas inconscientes cedieron, dejándolo caer su cuerpo ya inerte duramente contra el suelo de piedra. Aun respiraba, se notaba por la discreta, casi imperceptible contracción de su abdomen.
-Hombre, eres un idiota.- Era la voz de Paolo.
En efecto, se trataba de Paolo, quien aparecía como un salvador. Anidio con un tono de voz, en recriminación -Se te ocurre irte sin ningún tipo de armas, sin nada con que defenderte a parte de tus manos tan fuertes como alambres, y que no sabe defenderse ni con suerte de un gato, y yo, soy mucho más idiota por dejarte ir solo; es una suerte que este tipo haya quedado en K.O. con un solo golpe.-
-No te perdonaremos tu arrogancia, no te perdonaremos el hecho de herir con tus manos impías a nuestro hermano mayor...- escucharon decir dentro de sus cabezas; eran sin duda los otros dos extraños sujetos.
-¿Aricame?- dijo el hombre de la armadura, intentando levantarse; dando apariencia de quien solo se a despertado de un simple mal sueño.
Paolo camino al hombre para revisarlo; pasara lo que pasara, seguía siendo un medico.
-¿Te encuentras bien?- Le pregunto Paolo.
El hermano de pelirrojo se lanzo contra ellos, intentando lastimar al caballero aun en el piso. Pero sintió una fuerte patada. Callo al suelo de espaldas, y miro al frente. Estaba Paolo, en guardia.
-Pezzo di mer...-
No pudo terminar la oración, recibía una fuerte patada en el mentón por parte del pelirrojo; pero en seguida, Paolo giro sobre su pie, regresando el golpe.
-Tu amigo es un idiota, nadie a podido vencer a nuestro hermano menor en un combate...- Contesto, aparentemente, el hermano albino.
Pronto el hermano pelirrojo intento golpear a Paolo, pero el, con un movimiento brusco y rápido, lo arrojo contra la roca. El pelirrojo se dio en toda la espalda, escuchándose como tronaban los huesos, un gran impacto, sin duda alguna.
-Pero nunca le había tocado los huevos a Paolo...-. contesto Alfonso al comentario anterior.
El hombre de la armadura se levanto, y con los ojos inyectados en ira, observo como una rata al hermano albino. Le dijo algo en esa lengua. Todos pudieron escuchar la respuesta.
-¿Eres tu quien intenta enfrentarse a mi?. Yo soy Gyáz, uno de los tres hijos de Halhatatlan; a mi...-
Tras esas palabras, Gyás recibió un puñetazo en mitad de su cara, acto seguido, cayo como su hermano rubio, al suelo, inconsciente. Aun Paolo y el hermano pelirrojo seguían peleando; dándose entre ellos golpes con todas sus fuerzas. Alfonso recordó una vez que Paolo le pego de forma accidental sin fuerza, y como le dolió; Pero esta vez, era claro que Paolo golpeaba con toda su alma, y el pelirrojo también. Era sorprende ver como los dos podían soportar semejante castigo, seguir en pie a pesar del dolor y el cansancio.
-Ustedes...- dijo Paolo, pero lo interrumpió una patada, se reincorporo en un instante, golpeando con fuerza devastadora al pecho del pelirrojo. - Busca a Ev, para que puedas pagar tu estúpida deuda.-
El hermano pelirrojo se recupero, intentando golpear en la Cara a Paolo. Alfonso comenzó a caminar entre el humo, que comenzaba a disiparse. Una ráfaga de aire, tan violenta como un huracán se soltó llevando con sigo el sabor salado del agua, retiro gran parte de esa manta negra. Pudo ver por un instante, que se encontraban peleando sobre una gran plataforma, de colosales dimensiones; llena con esas flamas que giraban en círculos. Sus ojos no encontraban en toda esa bastedad a Alloan ni tampoco a Adea. Elevo la mirada al cielo corrupto.
Y justo del cielo vio caer ese mancha negra bajado. Más cerca, se dio cuenta de que era solo el cuerpo de Adea; la Adea en aquella frágil forma humana, zangoteada por el viento, girando sin poder detener la caída; pero, por ningún lado aparecía Alloan.
-¿Donde estará?- mascullo Alfonso.
-¡Ve a buscar a Ev!- Exclamo con fuerza Paolo robando la atención -Pronto, por más que le pego a este tipo, no parece sentir ningún daño...-
-Sufrirás la furia del segundo hijo de Halhatatlan, ¡el gran Erw!-
Grito en las mentes de todos el hermano pelirrojo, Erw. Paolo retrocedió un paso, para ponerse en guardia. Pudo ver como el pelirrojo se doblaba. Gran parte de sus músculos crecían desbordándose más halla de la tela, rompiéndola por donde era débil, y tras de si, dejaban ver un brillante color rojo; la cara blanca cambio del blanco a un oscuro color granate.
Con el dedo indise trasformado en garra señalo a Paolo.
-Tú sufrirás...- exclamo Erw.
El pelirrojo golpeo el suelo, fracturando las antiguas piedras con su puño. Miro a Paolo, quien trago saliva evitando, cagarse en los pantalones, y con mucho más dificultad, que lo notara. Levanto su puño, los nudillos habían quedado impregnados con el polvo de las piedras rotas. Jalo su brazo, se preparo a aplastar con el a Paolo.
-¡Muevete...!- le grito Alfonso, pero parecía no reaccionar.
El brazo rojo bajo con estrépito, decidido a acabar con todo lo que se encontrara al frente. Paolo giro sobre si mismo, rosando el puño su cuerpo. Aprovecho aquella baja en la defensa, y pateo con todas sus fuerzas a la cara de Erw. Paolo sintió como si su pierna pateara un metal duro ardiente. Salto sobre su otra pierna, y observo como Erw permanecía inmóvil. Pronto cayo como sus otros hermanos al suelo antiguo. Después de aquella proesa, Paolo se tenso y tomo su pierna para sobarla.
-¿De donde sacaste a ese tipo?- pregunto una voz alegre detrás de él; era la voz de Alloan.
El y el otro caballero giraron su cabeza para verlo. Era, sin duda, él; había vuelto a encontrar su gorra de plato, ahora la lucia sobre su cabeza, a pesar de que la manchaba un poco de polvo. Los ojos de Alfonoso y el caballero bajaron la vista, para encontrarse con algo que sus mentes no podían comprender, ya que Allolan cargaba el cuerpo inconsciente de Adea entre sus brazos. Ninguno se atrevió a preguntar; no había tiempo para esas preguntas.

martes, 1 de marzo de 2011

La llave dorada (parte 5)


En este momento llegamos al final del pasillo. La caminata fue en un completo silencio, que solo era apagado por el discreto sonido de nuestros pasos. Ignoro por que motivos Kiessaller no tenia con ella su armadura, y sinceramente no pienso perder el tiempo preguntándole.
La puerta que conecta con el resto del complejo esta cerrada, ese idiota de Marcus, no puede cumplir la mas simple orden: "Deja la puerta abierta, pronto regreso"; debe de tener sus motivos. Al menos me dará un poco más de tiempo para encontrar una forma bastante practica de demostrarle a Alfonso que no mentimos con respecto a su mundo. Le sera duro, bastante duro asumirlo.
-Kiesaaller, por favor, abre la puerta...- Le ordeno a ella intentando sonar lo más amable posible.
La veo moverse con esas extrañas ropas, no negare que le hacen ver mucho más atractiva, más "femenina" que con esa molesta armadura que lleva con sigo el resto del tiempo; ya hasta había olvido que era una mujer. No puedo evitar reír un poco a causa de ese pensamiento.
No debo criticarla, esa a sido y es su forma de ser. Ella gira la manivela al tiempos que esta lanza su muy molesto chirrido que siempre me estremece, con su sonido agudo perforando los tímpanos, negándose a moverse. Un poco de luz entra mientras la puerta es abierta.
Mis ojos tardan en acostumbrarse nuevamente a la gran cantidad de luz. Frente nosotros se extiende el patio central del fuerte. La brisa marina llega a mi cara. ¿Como es que es capaz de atravesar los los altos y gruesos muros?. ¿Como puede recorrer los recovecos hasta llegar aquí sin perder fuerza e intensidad?.
Observo a nuestros invitados. Alfonso le pregunta a su extraño amigo sobre la realidad de lo que se extiende frente a sus ojos; a lo que el responde con una gran sonrisa con una voz que no sé si catalogar dentro de la burla, tedio, o nervios: "Si, yo también lo veo...".
-Lo que vez es real...- Respondo yo en su lengua para confirmar la idea.
Le hacen preguntas sobre aspectos obvios a Kiesaaller; no debo de molestarme, ni mucho menos enfadarme, ya que muchas de las cosas que ven no existen en sus ficciones, pero supongo que son universales a los sueños. Preguntan por las plantas de pimerenta, que con su dulce aroma inunda el ambiente del patio central. Parece que les sorprende ver una planta con espinas rojas, tallo de color café y flores con los pétalos con una forma perfecta hexagonal y un color rojo cortado por una blanca espiral. Paolo afirma que esa planta "le da mala espina", mientras que Alfonso le nuevamente cuestiona a Kiesaaller la existencia y posibilidad de esa planta, a lo que ella responde con una linda sonrisa "Que sea imposible en tu mundo no significa que lo sea en el mio..."; Ni yo mismo hubiera podido elaborar una mejor respuesta. ¿Pero?,¿Qué acaso este tipo no puede preguntar otra cosa? ¿Por que no pregunta sobre que es este lugar? ¿Donde esta?.
-Es real lo que vez...- le respondo reafirmando la idea.
El me mira, creo que molesto; de forma honesta nunca he sido bueno para definir las emociones ajenas. ¿Si esta enojado? ¿Qué seria el desencadenante?, mi comentario, o que interrumpí su sutil observación de Kiesaaller, la verdad no importa mucho este pensamiento.
El tipo llamado Paolo pregunta por que no nos movemos, y tengo la impresión, masculla insultos contra todo. Noto que su lenguaje no es el mismo que el de Alfonso, pero no me cuesta mucho trabajo deducirlo. Le respondo algo. Parece que eso a servido para callarlo un momento. Los Aurcores son una bendición, cuanto me cuesta creer que soy la ultima persona quien puede poseerlos. Hay momentos en los que juraría que se mueven por los pliegues de mi cerebro cuando están aburridos. Alfonso me observa penetrante, y Kiesaaller en un tono condescendiente le dice que suelo quedarme "pensado en la inmortalidad el cangrejo". Pobres ilusos, teniendo que aprender los idiomas de las ficciones a las que van y yo, aquí pudiendo hablar cualquier lengua sabiendo un simple detalle. Regaño un poco a Kiesaaller sonando amablemente. Comenzamos a caminar por el patio.
Este camino, consistiendo en simple camellón recto, el cual, corresponde a la diagonal de un enorme cuadrado de cincuenta metros; y ese cuadrado contenido por los muros de diez metros de alto. Los jardines, todos con las bellas flores de pimerenta están contenidos por estos. Este patio siempre me a gustado, no sé, me recuerda un lugar de mi pueblo supongo. Siempre e insistido en que remplacen esta tierra por un mucho más practico adoquín, pero ellos siempre insisten con "No hay presupuesto", "No hay nada malo con el camino como para cubrirlo" o mi favorita "Ese camellón es una reliquia desde la construcción de este fuerte".
Llegamos al centro, lo sé por que se cruzan las dos diagonales, y este siendo el punto por el cual pasa más gente, el suelo se hunde levemente. Me parece extraño, casi no hay nadie. Recuerdo que quiere estar seguro de que su mundo fue creado, supongo que el mejor lugar para ello es en la torre del norte. Llegamos a la puerta, le ordeno a Kiessaler que la abra, también esta cerrada. ¿Qué abra pasado?.
Al abrirla sale el teniente Mileto. Un hombrecillo mucho mas bajo que yo, con su curioso bigote bien poblado, lleva la gorra bajo el brazo, dejando ver su calva pulida por el tiempo. Esta pálido y bañado en un sudor frío, como si hubiera visto a un muerto levantarse. Espero que no sea eso otra vez.
-Es urgente, muy urgente, que bien que te encontré, tenemos un grabe problema Turinoog-
-De que se trata, no me digas que "eso" a vuelto a pasar-
-No es tan grabe, esta vez ningún muerto se a levantado...-
Mi cuerpo se deja descansar un poco, el recuerdo de esos días aun me persigue. Intento recuperar el semblante serio. Le miro expectante, esperando que continué.
-Tal parece que tenemos un Depira se a infiltrado, tenia ordenes de encontrarte...-
-¡Como es posible!, si esta fortaleza es impenetrable...-
-Si, pero no desde el cielo...-
-No entiendo...- Nos interrumpió Kiesaaller, Fijo mi vista en ella un momento para indicarle que no es su asunto.
-Parece que un cuervo, o, una bella mujer... el reporte es confuso ¿sabes?, pero no hay duda, es un depira. Estamos en código naranja, imagina como esta la situación como para que suceda eso, no nos a quedado de otra, pero tú ya sabes lo que significa-
Volteo a verlos, y ellos me observan con los ojos penetrantes, sé que ellos no son idiotas y saben que algo grabe pasa. Kiesaaller lo a escuchado todo, sabe perfectamente que es un código naranja, así que no tengo que decir nada.
-Lo siento Alfonso Vasile, a surgido un pequeño inconveniente, la demostración tendrá que esperar...- sonrío intentando ocultar mi preocupación.
-Kiesaaller, ya sabes el protocolo-
Intento ser amable con esa orden; ella asiente con la cabeza. Le hago una seña a Mileto, nos perdemos dentro del camino que conduce a la torre norte.

La puerta se había quedado cerrada, Alloan estaba detrás acompañado por aquel hombrecillo extraño. Alfono miro a Kiesaaller, y pudo notar, como en la luz de sus ojos revelaba la perturbación.
-Seguirme, tenemos que ir a una zona segura...- dijo ella atona regresando por el camino.
Continuaban sin moverse Alfonos y Paolo, solo observando como caminaba Ev levantando un poco de polvo del camellón.
-¿A donde?- pregunto Paolo rompiendo ese silencio.
Ev volteo su faz a ellos. El gesto de su rostro era mas que suficiente para comprender que lo dicho con anterioridad era en realidad una orden. En silencio los dos hombres caminaron detrás de ella. Llegaron al centro del camino, en donde las diagonales se interceptan. Ev giro a su derecha. Y comenzó a caminar lo mas rápido que podía, arrastrando el pantalón de Alfonso, sosteniéndolo con su dos manos evitando que bajara más allá de la linea de su cintura.
Llegaron a la otra puerta, esta tenia un aspecto diferente a las anteriores, en lugar de ser de un acero nuevo y reciente, era una puerta negra, de hierro colado oxidado levemente. Ev tiro de la manija, las bisagras chirriaron llenas de vida, como tratando alertarles.
Ev entro, ellos fueron detrás de ella. Cuando entraron, Ev cerro la puerta justo a sus espaldas e indico que caminaran con un lindo gesto de su mano. El pasillo era oscuro, no había ventanas por done entrara el aire, el ambiente era en suma, bastante denso y húmedo; con un característico hedor, tan propio del pescado en podredumbre. Alfonso aguanto ese hedor conteniendo el reflejo de vomitar, cosa que Paolo no pudo, arrojando la cena medio digerida sobre el sucio suelo. La única luz, de esa mortecina flama proveniente de un quinqué colgando de un gancho en el techo, incitando a la claustrofobia. Llegaron otra puerta, también de hierro. Ev la abrió con un poco de dificultad. La luz entro, acompañada de un aire mucho más fresco.
-Por que todas las puertas de esta fortaleza cuesta abrirlas...- mascullo ella en español
Al frente, una gran escalera de piedra se extendía con los escalones de un tamaño considerable, que dificultaban toda marcha. Subieron por esas escaleras lentamente. Un viento salado, pero un poco mal oliente refrescaba la zona, llevando con sigo murmullos, rumores que no decían nada entre el sonido del mar. Pronto se podía sentir también un poco de agua. Podían vislumbrar entre la sombra, la pared al fondo iluminada por la luz, justo en donde doblan las escaleras, no mas puertas.
El sol los segó un poco. Cuando las pupilas enfocaron, se encontraron con un gran numero de personas. Los mormullos subieron su volumen. Aquellos hombres, desviaron los ojos de sus asuntos para ver a quien se unía con ellos a esa, su espera. Se escucharon los leves comentarios en esa lengua de sonidos extraños. Todos vestían ropas diferentes; algunos parecían llevar batas de laboratorio, hechas de una fibra ligera, dejando ver camisas de colores claros y vivos, fundiéndose con los pantalones de colores levemente más oscuros; otros con solo unos pantalones de la misma fibra de esas batas, y camisas coloridas; y los otros, con armaduras brillantes bajo el sol.
-Ev...- dijo un hombre dentro de una armadura, mucho mas modesta, pero, con rasgos similares a la ya destrozada de Ev.
Dijeron algo en esa lengua. Alfonso y Paolo habían pasado a ser solo unos testigos del acontecer a su alrededor. Alfonso no presto atención, decidió no preguntarle a Paolo, sabia que ya lo tenia cansado. Su mirada bailo por la plataforma cuadrangular, entre todas las personas que esperaban. Era de una piedra blanca, corriente y porosa. Más allá, una muralla de dos metros y medio, con grandes aberturas de treinta y cinco centímetros de ancho por cuarenta y cinco de alto, con profundidad de cincuenta centímetros; separadas cada metro una de la otra. Había veinte a cada lado. Por esas aberturas, se extendía un enorme mar de color azul oscuro; a sus oídos llegaba el sonido de las olas chocando con fuerza contra los muros, empujadas por el violento viento que soplaba, colándose por entre las aperturas.
Se escucho una fuerte explosión. Alfonso salio de la meditación, y junto con todos, volteo al lugar donde provenía. De entre el fuego y el humo, mientras era llevada por el viento marino. La pupila de Alfonso se dilato, no había duda. Surgía la negra silueta; un murmullo proveniente de la boca seca de Ev lo confirmo:
-Aeda...-



Aun intentamos (intento, ¿Por qué use "intentamos"?) corregir algunos pecados gramaticales y ortográficos, espero estar puliendo la piedra y no estar desgastándola :)