miércoles, 9 de marzo de 2011

La llave dorada (parte 6)


-¡¿Qué demonios esta haciendo aquí?!...¡¿Paolo?!- Exclamo Alfonso mirando descender la silueta negra entre el azul del cielo, profanado por la explosión.
-¡Sí, lo veo!, no puedo decir que esta pasando, no entiendo ni una puta mierda, pero puedo decirte que no es nada bueno...- Respondió Paolo nervioso.
-¿Como es que sabes eso...?- pregunto Alfonso.
-Es simple, nunca es bueno ver una explosión y después un cuervo gigante descendiendo de ella... un minuto, ¿no me digas que ese fue?...-
-Sí, ese fue el cuervo del que te hable, el que lastimo a Ev.-
-¡Beeyron!- Exclamo Ev; acto seguido, corrió a alguna parte de la plataforma.
Alfonso y Paolo comenzaban a ir por detrás de ella. Justo en medio de su camino, una mole plateada y brillante bajo el sol se interpuso, era el hombre de la armadura con el cual Ev se encontraba hablando hace unos segundos.
-Hombre, dejemos pasar, dejemos pasar...- Pronuncio Alfonso.
La demás gente en la plataforma, solo murmuraban cosas en esa lengua. Algunos se habían levantado de inmediato. El hombre que detenía a Alfonso y Paolo grito algo, todas las personas parecieron sosegarse un instante; pero los susurros abundantes en nervios se multiplicaron llenando el aire.
Pronto se escucharon muchas más explosiones de aquel lugar donde se perdió Ev. Una ráfaga de aire caliente llego proveniente detrás del caballero; entremezclado con un poco de humo negro, acompañado por el olor a carne chamuscada; los gritos llegaron solo con una minúscula diferencia, infinitesimal. La gente al rededor, en esa plataforma, grito agitada por el miedo. El hombre de la armadura grito en pronto intento de calmar la agitación; mas esta vez nadie le presto atención.
Todos comenzaban a correr a cualquier punto que los alejara, que les regresara su seguridad. Llegaron entre empujones a la puerta. Se apretaron contra ella. El caballero seguía diciendo algo, de su boca ya no se le podía distinguir ningún sonido de otro; todo era caos, caos por salir.
Alfonso y Paolo comenzaban a dirigirse hacia la puerta, a ese cuello de botella. Cuando desde el fondo, se escucho venir entre el aire un grito desgarrador, que estremeció el alma de muchos. Alfonso, reconoció el sonido. El hombre de la armadura también pareció reconocerlo; sin duda pertenecía a Ev . Los dos comenzaron a correr en esa dirección, con el corazón sostenido en las manos. Resulta increíble como el humo en solo unos pocos segundos se torno en extremo denso; haciendo pesadas las acciones de respirar y ver. Alfonso sintió como unas manos lo sujetaban de los hombros y le impactaban con fuerza contra una la pared ocultada entre todo el humo.
-¿Que pasa por tu cabeza hombre...?- Le grito alguna persona. a pesar del ruido de la demás gente, reconoció la voz de Paolo.
-No lo sé...- respondió Alfonso resignado, al tiempo, una ligera sonrisa nerviosa se esbozo en su rostro.
En verdad no tenia una explicación, aquel movimiento completamente irracional. ¿Por qué razón? ¿Qué le había motivado a correr al solo escuchar el grito de Ev?. Paso entre los profundos y numerosos recovecos de su mente, por solo un ínfimo instante, al final encontró la razón entre los pliegues de su memoria.
-¿Somos amigos verdad?- pronuncio en casi un susurro a Alfonso.
Paolo pudo entender a la perfección las palabras, a que se refería; sus pupilas de se contrajeron por la sorpresa.
-¿A que viene eso hombre?- Pregunto Paolo, intentando fingir que no podía comprender.
-¿Puedes recordar por que motivo somos amigos...?-
Paolo dejo de sostener los hombros de Alfonso. Él comenzó a correr al punto en que se origino el grito. Paolo solo pudo ver como Alfonso se perdía entre el profundamente negro humo.
-Sì, mi ricordo di lui fottuto pazzo...- contesto Paolo en italiano, miro a la gente intentando salir por la puerta, y anidio -Perché sono persone che pagano i loro debiti ...?-
Camino por donde vio ir a Alfonso. Al parecer, existía una especie de puente, hecho de la misma roca, conectando a esa plataforma con otra mucho más grande. Un fuerte viento proveniente del mar, con su salada esencia disipo el humo momentáneamente; solo el tiempo que toma suspirar. Paolo pudo ver a Alfonso metros adelante, cubriéndose la boca con la manga de su camisa. El humo volvió a cubrir los ojos.
Alfonso se guiaba por el tacto, respirando el aire filtrado pobremente por la manga. No podía ver nada; seguía a tientas por la pared de antiguas y desgastadas piedras por la intemperie marina, intentando encontrar un camino que lo llevara a ella. El sonido del fuego engullendo cuanto se encontraba a su alcance era claro, rítmico; formando una extraña melodía junto al de las olas que chocando contra la base, acompañaban a aquellos gritos, aquellos murmullos, y aquellas lágrimas de aquellos ocultos al otro lado de la densa cortina formada por oscuro humo. Pudo escuchar entre el caos, un sonido, una charla con las voces calmadas, contrastando con la melodía caótica. Sonaban las voces con tonos semejantes a las de quien sostiene una platica con un viejo amigo. No pudo entender nada; la conversación era en esa lengua de sonidos extraños.
El viento marino volvió a soplar proveniente del sol, arrastrando parte del humo. Y diviso a Alloan, con un gran arco compuesto de color rojo carmesí; con la cabeza de un dragón, con la boca abierta del punto en el que surgían las flechas, y debajo de la cabeza, lo sujetaba con su mano izquierda. Unos metros más adelante, una mujer en negro. Las mangas del traje de Allolan habían sido rotas, dejando al descubierto la frágil carne, la herida, sangrando cual torrente imparable en la parte superior del hombro, de tal forma que su brazo ante la luz obtuvo un lustroso rojo brillante. Ya no tenia la gorra de plato ocultando su cabello desaliñado.
La mujer frente a él era de una piel en extremo blanca, sin ninguna mancha, ni marca. El vestido tan negro como el humo, era largo, cayendo más allá de donde terminaban sus pies, extendiéndose por el suelo, y donde finalizaba, plumas largas de color negro proseguían con la exención; ceñido a la cintura, llegando a un cuello de tortuga, con plumas negras al rededor; dejando descubiertos los brazos blancos. Con su cabello oscuro, largo, llegando por debajo de sus rodillas; cubriendo su espalda.
Dijo algo en esa lengua aquella mujer; lo escucho claro. Alloan, se llevo los dedos índice y pulgar al pecho, a aquel punto donde con seguridad palpitaba su corazón. Jalo la mano al frente, formando con ella un hilo delgado de color rojo, el viento lo agitaba, haciendo posible que desafiara de forma aparente la física de su naturaleza. El hilo dejo de agitarse en el viento, se torno en un rígido solido. Alloan elevo su arco, con la boca de dragón apuntando contra la mujer, colocando esa saeta escarlata. La mujer corrió contra Alloan mucho más rápido que cualquier humano, sus pies se separaron del suelo, de entre su pelo emergieron las alas remontándola al aire, el cuello de tortuga comenzó a elevarse, engullendo la cabeza, trasmutando su naturaleza en un pico, las manos se hundían en un cuerpo negro, la tela se volvía en pluma negra, una pata surgía. Todo paso en un segundo, el humo lo cubrió todo de nuevo.
La evidencia parecía indicar que ninguno de ellos lo había visto. Busco la fuente del humo; grandes conjuntos separados, de flamas rojas bailando unas junto a otras, en circulo al rededor de algo. No podía ver que había detrás, eran tan grandes como él, y separadas por un milímetro. Un grito se escucho en lo alto. No pudo definir si acaso era de Alloan o la mujer -Quien sin duda era Adea-.
Un grito mucho más cercano capturo su atención. El volteo y pudo ver como las flamas del circulo más cercano a el giraban juntándose para finalmente dibujar la figura de un hombre; este, que cayo en el suelo gritando de dolor, revolcándose en un intento de extinguir las llamas a rededor de su cuerpo, que para mantener su brillo y calor devoraban su vida; dejo de moverse, estaba muerto. Alfonso elevo la mirada del cadáver; no había ya nada que pudiese haber hecho, ni nada podía hacer ahora. La expresión de sorpresa cubrió su rostro. Pudo ver un gran numero de esas llamas en círculos, esperando consumir las vidas de quien este en su interior; y escucho con claridad los gritos de quienes en su interior, esperaban ayuda.

Ev continuaba sentada, mirando como las llamas brotando del suelo comenzaban a encontrarse mucho más cerca. Sabia que era solo cuestión de tiempo antes de que la tocaran; y en el momento que sucediera eso, la consumirían de afuera hacia dentro; Tenia que encontrar una forma de salir. El calor era similar al estar encerrado dentro de un horno. Por su cara resbalaban las gotas de sudor.
-Pequeña niña, ¿No puedes soportar el calor...?- dijo una voz masculina, desprovista de toda emoción; cualquier cuerpo exánime si se atreviera a hablar, tendría ese tono.
Ella regreso su mirada al hombre que se acercaba, con sus pasos cortos y lentos; no tenia prisa. Era viejo; con los cabellos blancos, con la piel clara; la cicatriz en su frente se confundía con las arrugas que le daban un aire de antigüedad, tan viejo como el tiempo mismo; sus ojos eran de un azul oscuro, como el profundo mar en los días de tormenta cuando los nubarrones de un momento a otro liberarían torrentes, cubrían el firmamento. Con su ropa, consistiendo en un simple esmoquin negro, con el cuello ceñido.
Ev, busco a tacto por el suelo su espada, sus manos se cubrieron de polvo y un ligero hollín hasta que encontró el gavilán, deslizo su mano a la empuñadura, la sujeto y apunto el filo al hombre. Por su mente cruzo el pensamiento -unos centímetros más cerca-, recordó que al tocar las flamas su mundo habría terminado.
La herida de su hombro se había abierto, ahora sangraba manchando la ropa que perteneció a Alfonso. Se encontraba muy cansada, el golpe anterior no solo causo daño nuevo, provoco que las heridas cerradas por Paolo se abrieran; apenas podía sostener su cuerpo, un combate era algo ya sobre humano. Se levanto sin desviar la espada; pero no tenia la habilidad de evitar que le temblara la mano.
-Tu mano tiembla, ¿Miedo sera?.- Pregunto el hombre, átono. Elevo su huesuda mano derecha, y una flama azulada comenzó a arder, se apago de inmediato; continuo con el discurso.
-Tienes una linda cara...-
En un instante corrió contra Ev. Ella coloco su espada, se preparo para el golpe. El montante salio despedido de sus manos; pronto, sintió algo cálido rozando su mejilla; aquel hombre tenia la palma derecha en su rostro, y añadió -...es en efecto, una tragedia que un rostro tan bello tenga que perderse.-
Una sonrisa lobuna -la primera, y única emoción que había mostrado en todo el combate- se esbozo de forma demoniaca. Ev pudo reaccionar en el ultimo instante, empujándolo, justo cuando su mano se convertía en un carbón encendido. En su mejilla podía sentir el calor. Pudo quemarla superficialmente, como las quemaduras solares, no era nada en extremo grave. Aquel sujeto regreso a su actitud anterior, mascara sin emociones.
-Un inteligente movimiento.- dijo el hombre.
-¿Como llegaron aquí...?- pregunto Ev.
-Crees que eres lo suficiente importante como para decir como...-
Pronuncio eso, y cerro su puño. El circulo de llamas disminuyo en su diámetro.
-Aeda me dijo que no te matara, que ella quería hacerlo, pero le puedo decir que resbalaste al fuego...-

Alfonso continuo caminado, evitando tocar las flamas. Encontró en el suelo, tirado a el caballero de la plataforma. Su armadura seguía intacta; pero en su cara, la expresión era de completo terror. Aun respiraba, -se sabia por el leve sonido del aire saliendo de su nariz- pero no se movía. Alfonso intento levantarlo, pero no pudo. Noto que la pupila de sus ojos estaba dilatada, mirando a todas partes y a ninguna. Le dio un par de palmadas en la cara.
-No podrás sacarlo de su pesadilla...- dijo una voz extraña, a sus espalda.
Giro la cabeza; solo pudo ver el humo.
-Es inútil, no puedes separarlo de su miedo...- dijo la misma voz, desde otro punto.
Miro al rededor, pero en el humo seguía ocultándose.
-Solo saldrá si puede nosotros le permitimos salir....-
De entre el humo surgieron formando un triangulo a su alrededor tres oscuras figuras, formando un triangulo equilátero. Giro los ojos a la primera; era un hombre joven de cabello pelirrojo, que por momentos parecía arder como fuego; con brazas ardientes en lugar del iris, mirándolo fijamente. Alfonso giro la cabeza a su izquierda. Entre el humo la sombra de otro hombre; idéntico al anterior, más sin embargo, su pelo e iris eran del color de la nieve al momento de descender de los fríos cielos. Finalmente, volteo, a ver quien se aproximaba detrás de él; contemplo a un hombre de pelo rubio brillante, cual hebras de oro, con sus ojos de color dorado. Todos con la piel clara, pálida como muertos, con esclerótica y pupila de carbón consumido, cenizas oscuras de un alma inhumana; sin pelo en ninguna otra parte de su ser, cubriendo su cuerpo con solo un pantalón negro.
-¿Quieres saber a que sabe el miedo?- Dijeron los tres, sonando a una sola voz.
Comenzaron a caminar, cerrándolo en ese triangulo, cantando sin mover sus labios, una canción que sonaba en las paredes craneales; más y más fuerte a cada segundo, una melodía que guiaba a la psique en un camino hecho de desesperación, a un estado anímico. Su mente por un momento se alejo, con sus sentidos ardiendo, mandando impulsos nerviosos al tiempo que lo desconectan del mundo, llenando su mente de imágenes vomitivas, sensaciones desagradables.
Del humo surgió una sombra venida desde lo profundo; que golpeo a por la espalda, al hombre rubio. De este, sus piernas inconscientes cedieron, dejándolo caer su cuerpo ya inerte duramente contra el suelo de piedra. Aun respiraba, se notaba por la discreta, casi imperceptible contracción de su abdomen.
-Hombre, eres un idiota.- Era la voz de Paolo.
En efecto, se trataba de Paolo, quien aparecía como un salvador. Anidio con un tono de voz, en recriminación -Se te ocurre irte sin ningún tipo de armas, sin nada con que defenderte a parte de tus manos tan fuertes como alambres, y que no sabe defenderse ni con suerte de un gato, y yo, soy mucho más idiota por dejarte ir solo; es una suerte que este tipo haya quedado en K.O. con un solo golpe.-
-No te perdonaremos tu arrogancia, no te perdonaremos el hecho de herir con tus manos impías a nuestro hermano mayor...- escucharon decir dentro de sus cabezas; eran sin duda los otros dos extraños sujetos.
-¿Aricame?- dijo el hombre de la armadura, intentando levantarse; dando apariencia de quien solo se a despertado de un simple mal sueño.
Paolo camino al hombre para revisarlo; pasara lo que pasara, seguía siendo un medico.
-¿Te encuentras bien?- Le pregunto Paolo.
El hermano de pelirrojo se lanzo contra ellos, intentando lastimar al caballero aun en el piso. Pero sintió una fuerte patada. Callo al suelo de espaldas, y miro al frente. Estaba Paolo, en guardia.
-Pezzo di mer...-
No pudo terminar la oración, recibía una fuerte patada en el mentón por parte del pelirrojo; pero en seguida, Paolo giro sobre su pie, regresando el golpe.
-Tu amigo es un idiota, nadie a podido vencer a nuestro hermano menor en un combate...- Contesto, aparentemente, el hermano albino.
Pronto el hermano pelirrojo intento golpear a Paolo, pero el, con un movimiento brusco y rápido, lo arrojo contra la roca. El pelirrojo se dio en toda la espalda, escuchándose como tronaban los huesos, un gran impacto, sin duda alguna.
-Pero nunca le había tocado los huevos a Paolo...-. contesto Alfonso al comentario anterior.
El hombre de la armadura se levanto, y con los ojos inyectados en ira, observo como una rata al hermano albino. Le dijo algo en esa lengua. Todos pudieron escuchar la respuesta.
-¿Eres tu quien intenta enfrentarse a mi?. Yo soy Gyáz, uno de los tres hijos de Halhatatlan; a mi...-
Tras esas palabras, Gyás recibió un puñetazo en mitad de su cara, acto seguido, cayo como su hermano rubio, al suelo, inconsciente. Aun Paolo y el hermano pelirrojo seguían peleando; dándose entre ellos golpes con todas sus fuerzas. Alfonso recordó una vez que Paolo le pego de forma accidental sin fuerza, y como le dolió; Pero esta vez, era claro que Paolo golpeaba con toda su alma, y el pelirrojo también. Era sorprende ver como los dos podían soportar semejante castigo, seguir en pie a pesar del dolor y el cansancio.
-Ustedes...- dijo Paolo, pero lo interrumpió una patada, se reincorporo en un instante, golpeando con fuerza devastadora al pecho del pelirrojo. - Busca a Ev, para que puedas pagar tu estúpida deuda.-
El hermano pelirrojo se recupero, intentando golpear en la Cara a Paolo. Alfonso comenzó a caminar entre el humo, que comenzaba a disiparse. Una ráfaga de aire, tan violenta como un huracán se soltó llevando con sigo el sabor salado del agua, retiro gran parte de esa manta negra. Pudo ver por un instante, que se encontraban peleando sobre una gran plataforma, de colosales dimensiones; llena con esas flamas que giraban en círculos. Sus ojos no encontraban en toda esa bastedad a Alloan ni tampoco a Adea. Elevo la mirada al cielo corrupto.
Y justo del cielo vio caer ese mancha negra bajado. Más cerca, se dio cuenta de que era solo el cuerpo de Adea; la Adea en aquella frágil forma humana, zangoteada por el viento, girando sin poder detener la caída; pero, por ningún lado aparecía Alloan.
-¿Donde estará?- mascullo Alfonso.
-¡Ve a buscar a Ev!- Exclamo con fuerza Paolo robando la atención -Pronto, por más que le pego a este tipo, no parece sentir ningún daño...-
-Sufrirás la furia del segundo hijo de Halhatatlan, ¡el gran Erw!-
Grito en las mentes de todos el hermano pelirrojo, Erw. Paolo retrocedió un paso, para ponerse en guardia. Pudo ver como el pelirrojo se doblaba. Gran parte de sus músculos crecían desbordándose más halla de la tela, rompiéndola por donde era débil, y tras de si, dejaban ver un brillante color rojo; la cara blanca cambio del blanco a un oscuro color granate.
Con el dedo indise trasformado en garra señalo a Paolo.
-Tú sufrirás...- exclamo Erw.
El pelirrojo golpeo el suelo, fracturando las antiguas piedras con su puño. Miro a Paolo, quien trago saliva evitando, cagarse en los pantalones, y con mucho más dificultad, que lo notara. Levanto su puño, los nudillos habían quedado impregnados con el polvo de las piedras rotas. Jalo su brazo, se preparo a aplastar con el a Paolo.
-¡Muevete...!- le grito Alfonso, pero parecía no reaccionar.
El brazo rojo bajo con estrépito, decidido a acabar con todo lo que se encontrara al frente. Paolo giro sobre si mismo, rosando el puño su cuerpo. Aprovecho aquella baja en la defensa, y pateo con todas sus fuerzas a la cara de Erw. Paolo sintió como si su pierna pateara un metal duro ardiente. Salto sobre su otra pierna, y observo como Erw permanecía inmóvil. Pronto cayo como sus otros hermanos al suelo antiguo. Después de aquella proesa, Paolo se tenso y tomo su pierna para sobarla.
-¿De donde sacaste a ese tipo?- pregunto una voz alegre detrás de él; era la voz de Alloan.
El y el otro caballero giraron su cabeza para verlo. Era, sin duda, él; había vuelto a encontrar su gorra de plato, ahora la lucia sobre su cabeza, a pesar de que la manchaba un poco de polvo. Los ojos de Alfonoso y el caballero bajaron la vista, para encontrarse con algo que sus mentes no podían comprender, ya que Allolan cargaba el cuerpo inconsciente de Adea entre sus brazos. Ninguno se atrevió a preguntar; no había tiempo para esas preguntas.

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