miércoles, 23 de marzo de 2011

La llave dorada (parte 7)

Allolan no dijo nada; la mirada de Alfonso y aquel caballero, satisfacía más que la palabra. El rostro de Alloan se ensombreció un instante, la mirada se torno fría. Solo camino entre ellos, deposito el cuerpo de Adea desprovisto de su propia fuerza en el suelo. Se arrodillo a su lado, observo el bello rostro por un instante y mascullo algo entre dientes, al tiempo que su propia cara se vio ensombrecida por un instante; acaso tristeza, melancolía o cualquier otra cosa; al final da igual el acontecer dentro de los muros de su mente; ya que de inmediato recobro su fría actitud.
Alloan volvió de inmediato la cabeza, solo para clavar una penetrante mirada en Alfonso;  sus ojos, inspirando cierto temor, eran espejos de perturbación impasible ante las imágenes frente a ellos.
-¡Vasile!,  ¡Que Beeyron no muera!, le prometí una celda, para ella y los otros, ¿entendido?-  Dijo Alloan enérgico a Alfonso, contrastando con expresión en su cara. Dejo de encajar las afiladas pupilas en Alfonso para posarlas hacia el suelo,  como quien está cansado después de una batalla. No se podía decir si miraba a el piso o al cuerpo de Adea.
-¿Por qué me ordena a mi?, ¿Qué a caso no es labor del caballero?...- respondió molesto Alfonso; Alloan lo miro nuevamente, y pronuncio en español, con la voz calmada -Tengo que encontrar la manera para someter a el fuego...-
-Pero tengo que encontrar a Ev...-
Alloan  se levanto del suelo, lanzo una mirada de peso extraordinario sobre Alfonso. Y con la voz severa y fuerte dijo.
-¡¿Acaso puedes hacer algo?!, ¿Puedes ayudar a todas las personas rodeadas por aquellas muy malditas flamas surgidas de lo profundo del Infierno? Ahora, solo puedes cuidar de ti mismo, y...- titubeo un instante, elevo la cabeza, mirando al cielo, dijo algo que Alfonoso no pudo distinguir.
Alfonso no respondió, el nudo que se formo en su garganta no dejaba salir a las palabras. Por su parte, Alloan miro al caballero, dio una orden incomprensible, y los dos se perdieron tras la cortina de oscuro humo. Solo quedaron Alfonso y Paolo, rodeados por la obscuridad, con un cielo azul ultrajado como techo. Parecia que el sol se ocultaria en el horizonte, pero era aun temprano. Las circunstancias los habían guiado en una extraña suerte a -sin saberlo- estar dentro de un claro entre el humo, un oasis celestial entre ese infierno.
Alfonso dirigió la vista a Adea. Le parecía difícil de creer a quien pertenecía aquella apariencia. Sus ojos recorrieron el cuerpo de arriba a abajo, -mas por incredulidad que por morbo-. Noto que a la altura del pecho, ahí, sobre la negra tela, un agujero, igual al que dejan los filos. Alfonso imagino una cuchilla, abriéndose paso, atravesando las fibras, rasgándolas, resistiendo hasta el momento en que se partían. Desvío el pensamiento. Ese agujero, permitía ver la blanca piel que protegía.
Dejo de verla. Observo a Paolo, quien caminaba manco de su pierna para encontrarlo.
-¡Yo quiero una mujer como esa...!- exclamo alegre Paolo. No tardo en darse cuenta que solo estaban él y Alfonso; anidio en un tono mas serio -A propósito hombre, ¿a dónde fueron esos tipos...?-
-Fueron a intentar apagar el fuego, y, no querrás una mujer como ella...- respondió a secas Alfonso señalando.
-¿Por?-  contesto con inocencia Paolo, haciendo un cómico ademán con las manos.
En ese momento Adea abrió de par en par los ojos e intento moverse; -y remarco intento- puesto que ante cada movimiento, una serie de pequeños hilos rojos, los cuales nacían del agujero en la tela. Aquellos hilos, extendiéndose por su cuerpo. Los hilos guardaban cierto símil con las venas, juntándose con otros hilos de la parte inferior. Sujetando los brazos para que no se separaran del torso,  encadenado las piernas en una angosta espiral; con cientos de pequeñas ramificaciones por todas partes. Parecían tener el mismo origen en el interior de Adea. Sus ojos estaban rojos, llenos de ira. Se movía sin conseguir nada, retorsiendose entre violentos espasmos. Alfonso salto del susto, y se puso de pie al ver la frustración en la cara de Adea. Ella dejo de moverse, observo detenidamente a Paolo y Alfonso, mostrando los dientes blancos.
Paolo -ligeramente sonrojado- se aproximo a Alfonoso y le susurro algo al oído. Alfonso se ruborizo un instante.
-¡¡¡Nunca entenderé como puedes pensar en ese tipo de cosas en un momentos como este, y principalmente, con una mujer como ella!!!- Exclamo sorprendido Alfonso, haciendo un ademán con la mano para reprender a Paolo.
-No me culpes por ser hombre...- contesto Paolo condescendiente.
El gesto de Alfonso se torno más calmado.
-Si tu puedes verla, eso significa que, todo esto es real...-
-Aun sigues con eso...-  contesto Paolo.
-¡Soy real, solo sueltame y te lo mostrare...!- proclamo Adea .
Ella miro al rededor y noto a los hijos de Halhatatlan en el suelo inconscientes.
-Los tontos de los hermanos Halhatatlan- susurro molesta.
Alfonso no presto atención. Aun podían escucharse entre el rumor del mar, los gritos acompañados por más cansados y apagados sollozos.  La esencia de la carne chamuscada, se sentía picando las terminales nerviosas de la nariz, incitando a salivar.  Alfonso sintió asco de si mismo. No podía negarse que tenía hambre.
-¿Cuanto tiempo a pasado?- murmuro.
Intento no pensar en aquello. Noto que los cuerpos de aquellos extraños hermanos estaban esparcidos sin orden. Camino a uno de ellos, al hermano rubio, lo sujeto por los hombros, con especial cuidado de no despertarlo. Noto que era más pesado de lo meditado.
-Ayudame a moverlos Paolo.-
Paolo solo asintió. Terminaron de mover los cuerpos de los extraños hermanos junto al cuerpo aun trasformado de lo que fue el hermano pelirrojo. Los recargaron en este, de forma tal, que daban imprecisión de estar sentados descansando tras un duro día. Adea solo se limito a ser espectadora.
-¡Si me atreven a tocarme, juro que cuando me suelte, se los haré pagar...!- era la letania de Adea cuando movian Paolo y Alfonso los cuerpos inconscientes.
Caminaron a ella. repitió el reclamo anterior. Pronto los dos hombres pasaron de largo, solo la ignoraron. Paolo le dirigió la mirada por un instante. Termino para ver a su viejo amigo.
-Tengo que ir a buscar a Ev...- Fue lo único que dijo Alfonso.
-Pero y lo que dijo Alloan...-
-Lo sé, pero bien sabes...- Alfonso no termino la frase, dio media vuelta, se perdió entre el humo.
Paolo giro a ver de nuevo a Adea.
En ella, su faz,severa, se suavizo. Conocía, a pesar de ser ajena, parte de la naturaleza de los humana. Sabía que en cualquier parte, todos comparten los mismos gestos, tal vez porque son inherentes al género humano, o, solo por que en algún pasado remoto, todos fueron el mismo pueblo. En Paolo era curioso. Había visto esa expresión antes, de quien cargar una gran tristeza, profunda que hasta su sonrisa la trasmitía.
-No te muevas de donde estas...- Fueron los únicos sonidos en surgir de esa mueca que le dirigió Paolo, antes de partir detrás de Alfonso.
Adea se quedo pensando u instante en ellos. Recordó su situación.
-¡¡Pero cómo es que se atreven a ignorarme...!!- exclamo Adea, mientras se retorcía indignada en un nuevo intento por liberarse.
Un grito fuerte, agudo se escucho proveniente del humo. Adea lo reconocio.
-¡Maldito bastardo! ¡Kiesaaller, yo tenia que acabar con su vida!-

-¡Ningún astro, desde luego, nada de vestigios de sol, ni siquiera en lo bajo del cielo, para iluminar estos prodigios, que brillaban con su propio fuego!- Caminoel extraño.
Con sus manos envolverse entre llamas azuladas, emanando fría luz; preparadas para que besar en ardiente emoción, como un último acto pasional a aquello que consumirán. Mirando a Ev, cual indefensa criatura ante él.
Una enfermiza sonrisa, mostrando los dientes blancos afilados, se formo. Y con voz macabra, proveniente de lo más hondo en su oscura alma, recito en éxtasis dantesco.
-¡Ho! Baudelaire, Baudelaire, ¿Cómo puedes escribir con tanta maestría sobre el combustible que mueve la maquinaria, ardiente y oscura, dentro de mi ser?. ¡Solo tu entiendes a cual infame engranaje me refiero!, ¡Solo tú comprendes la razón tras el placer mal sano que lo hace vibrar y seguir por este valle donde todos están muertos por dentro, donde se esconden tras las muy muy falsas, muy frágiles, mascaras de su hipocresía!, ¡De ese órgano oxidado al que con tanto desprecio nombro bajo el termino frivolizo y mal ensalzado de «corazón». ¡Consumido esta!,  quedando solo las aun ardientes cenizas, conteniendo el ardor que exige algo que devorar!-
-Mi niña pequeña. Naci en un pequeño pueblo. No recuerdo donde estaba, ni como era, pero recuerdo las palabras. Demonio, Monstruo, Engendro. Siempre siempre, siempre, siempre, siempre, siempre, preguntando al mundo ignorante que jamas me daría las respuestas, ¿Por qué existo si no e pedido eso?, ¿Por qué debo defender esa existencia?, y principalmente, ¿Por qué no debo acabar con la de los otros? ... ¡Así que los queme a todos!-
-Estás enfermo- contesto Ev, mientras se levantaba.
Las flamas en manos del hombre se apagaron. El hombre se movió rápido, extraordinariamente rápido. La abrazo con fuerza contra él, cómo si se tratara de una amante. El hombre sintió contra su piel como intentaba Ev liberarse, mas sin embargo,  no le quedaban fuerzas. Aproximo los labios a la oreja, y susurro con aliento cálido.
-Enfermedad, mi pequeña niña, es solo un eufemismo para lo que tengo.-
Las manos se encendieron. Ella grito, con mucha fuerza.


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