miércoles, 30 de marzo de 2011

La llave dorada (parte 8)

Podríamos decir en que momento sucedió, intentar olvidar la carnicería, fingir que yo no era él, mas, eso seria negar los hechos, y aquel que niega su pasado, se niega a si mismo. Acto que, en definitiva, no me perdonaría.
Nunca conocí a los seres que me engendraron, pero tengo la absoluta certeza de que no era de forma alguna apreciado por ellos; Como todos aquellos olvidados, tomo como un hecho, mi nacimiento en aquel pueblo donde me encontraron, entre los desperdicios, de aquella tierra maldita, ignorada por el mundo, escondida de su vista entre la gran neblina, que oscurecía los cielos por todos mis días. Solo de vez en cuando, entre las nubes, por efímeros instantes se podía ver, aso llamado sol.
Me crié en el orfanato Dumas, el cual, se encontraba bajo el cuidado de la señora Saladin. Aquella mujer de rasgos fríos, que se conjugaban con todo lo demás, rodeando la gran variedad de ángulos en torno mios. La imagen del orfanato, que solo era una casona vieja, con su madera dura, venida de algún rincón desconocido en las profundidades de la jungla. De dos pisos de alto; Con la plata baja donde se encontraba la estancia, los dormitorios, se encontraban en el primer piso, en un cuartucho amplio, a unos metros del lugar donde dormía la señora Saladin. Y el segundo piso, era un desván, donde todas las cosas rotas llegaban.
-¡Se rompió el quinqué!-
-Rápido, al desván-
-¡Se rompió una muñeca vieja-
-Llevala al desván-
-¡Se rompió el sillón!-
-Cargalo al desván-
-¡Se rompió la pierna!-
-¡Al desván¡, ¡Al desván!, !Halla se le curara!-
Entre aquellos huérfanos, mis miserables iguales, probablemente, yo era el mas desgraciado. Siempre e detestado el clima fría, nunca me acostumbraba. El verano daba paso al otoño muy rápido, este se trasformaba en duro invierno que me parecía eterno, era un alivio efímero la primavera; que su inalterable paso, yo sufría en el rincón, al fondo, próximo a una oscura ventana, donde noche tras noche buscaba el descanso sumido entre el olor de la madera húmeda en podredumbre, de las camas, cubiertas de sabanas rotas, que despedían una sucia fragancia escondida en su fibra; remendada con torpeza usando retazos viejos, de colores opacos, descoloridos por la innumerable transición del día en la noche, de la noche en día.
Son pocas las imágenes de esa vida que no se han convertido en figuras de olvido, desdibujadas por el paso del tiempo, para, algunas, nunca regresar. Una imagen deprimente que, para mi sorpresa, a quedado impresa en mi memoria, quizá, sea por eso.
Una noche tormentosa. Por la ventana, cuando las sombras huían heridas por la centella, podía apreciar las gotas gordas de lluvia, caer con pesado ímpetu a la tierra ahogada, el sonido de la tormenta era llevado a mis oídos, por el viento que se colaba por recovecos inexplorados. Y en aquella obscuridad, la pobre luz, venida del viejo quinqué, no me bastaba para sentirme seguro.
La noche tenia poco de entrada, cuando ellos entraron por la puerta, era más grandes, por uno o dos años. Me miraron, como se mira a una alimaña.
-Este es señor cara dura- Dijo el que tenia la apariencia mas amenazante.
Camino hasta encontrarme cara a cara. Yo aproveche la ocasión, para entender las lineas que surcaban su rostro, dándole la apariencia tremebunda. La quemadura de su cara, desfigurando lo que en el pasado pudo ser un rostro bello. Tenia entendido que lo provoco su padre con un hierro al rojo vivo, el mismo, que arranco la vida a su madre.
Se percato de en que lugar posaba mi vista. Lanzo un duro golpe a la boca de mi estomago, me doble, sometido ante el dolor. Y sin embargo, yo seguí mirándolo, sin comprender.
-Ven, ni siquiera abre la boca, no se pone a llorar. No grita. No hace nada- Dijo él de nuevo.
Sentí un golpe más fuerte, ahora en mi cara. Cerré mis ojos, dejando que el dolor me trasportara en sus aguas, furioso torrente, agudos recodos engarzados, con los que chocaba una y otra vez. Abrí los ojos y lo mire. Me percate, del espanto en su cara. Me empujo contra el suelo y prosiguió con a golpear mi cara, mi cuerpo, toda parte mía. No podía moverme, lo tenia sobre mi, no gritaría, no le daría esa satisfacción.
-Con que quieres verte duro, ¿he?, ¿Eres mudo?, eres...- dijo.
-No...- surgió desde el fondo de mi ser.
Solo conseguí, ráfagas más violentas y continuas. Mi mundo giraba en esas imágenes entrecortadas. Mis ojos no podían enfocar nada, todo eran sombras y luces fantasmagóricas, que se extendían sobre mi, cubriendo mi ser, separándolo de la carne.
No fue la primera vez que pasaba aquello. Siempre encontraban una oportunidad para golpearme. Era la horrible rutina. Desde esa noche a la siguiente, a las que continuaron. Me pregunte ¿Por que?. Seria por la incapacidad de mi rostro por mostrar mis emociones. Odiaban la mascara que en mi jugaba el papel de cara; o, simplemente, por que al ser miserable, por norma, se suele necesitar que alguien lo sea más; tal vez como ultima esperanza, y si era eso, yo me había convertido en su esperanza. Hasta aquel día, que, entre las imágenes irreales, escuche su voz.
-Dejalo Ticacri, dejalo...-
Se detuvo, aquel caleidoscopio infernal. Cuando eso paso, pude darme cuenta, me miraba con desprecio. Se quito de encima. Y volteo a ver quien le hablaba. Yo también gire mi cabeza; ya que, también quería saber quien era mi salvador.
Era Elin, Elin Bory Groe, una niña de nuestra edad. Sabia poco de ella, solo que quedo huérfana cuando sus padres murieron en un accidente hace unos meses. La vi llegar, desde las escaleras. Ella estaba llorando, sujetando las faldas de una señora, al tiempo que esta, charlaba con la señora Saladin. Me costaba trabajo pensar que esa niña, ahora, nos observaba fijamente, con el ceño ligeramente fruncido, en especial a aquel, a Ticacri.
-Vámonos- dijo él a sus achichincles, y se fueron a la otra habitación.
Ella se aproximo.
-Ese Ticacri, siempre molestando a quienes son mas chicos; ¿estas bien?-
Recuerdo como salían las palabras de sus labios, mientras me levantaba.
-¿Por que me ayudaste?- no pude evitar preguntarlo.
-No me gusta ver a ese tonto de Ticacri molestando a otros-
-¿Y si te pega?-
-No, sabe que a las damas no se les pega.- Contesto con una radiante sonrisa,la expreción de su rostro cambio.
-Escucha Lud, no dejes que te peguen, lucha.-
-Eso es lo que el quiere- conteste.
-¿Es mejor que te pisen?-
No conteste. Ella me extendió su mano, yo la tome, y note que era cálida. ¡Era cálida! Lo veo, ahora lo recuerdo más claro. Recuedo, antes de ese día nunca había sentido el calor de otro ser humano. El sol, escondido entre las nubes malditas, omnipresentes en el cielo, cubrían todo el año, a toda hora; Hacia calor, pero era insuficiente como para ahuyentar ese frío profundo de mis huesos, de mi alma; me e tomado la libertad de creer que tampoco calentaba a nadie. Nunca conocí las estrellas, ni la luna que describían los poetas. La única luz que realmente iluminaba mi existencia eran la sonrisa de Elin, y, el fuego.
¡Ho!, aun recuerdo, el fuego, su calor, su forma danzando encadenada por etéreos limites impalpables con el aire. Lo observaba toda la noche arder, devorar la madera en un brillo rojo, trasmutándola en negro carbón, llegando en un ultimo instante al gris inerte. Veía a las salamandras danzando, trasformarse en jovencillas, con sus formas sugerentes, extendiendo sus manos, incitando a que acariciara sus curvas, a que me uniera a su danza. Fue tan grande el impacto, que acerque sin dudarlo mi mano intentando tocar su silueta torneada. Pero me detuvo una mano grande, simiesca. Gire la cabeza a ver quien. Era un tipo grande, feo, con los ojos hundidos en la carne negra.
-No, te quemaras...- Me dijo en un tono bobo, lento.
Yo lo mire. Con mucho pesar, regrese a mi oscuro y frío rincón, alejado de la fogata. Cerré los ojos y...¡El milagro!. Vi el fuego arder en la obscuridad de mi mente, a la hermosa doncella surgir de él. Todo su cuerpo era una llama. La cara y pecho, dorados, naranja los risos de su cabello, y sus pies, de un color azul. Me abrazo, o ¿Yo la abrase?. Sentí el calor en mi piel, por dentro, vibrando, pero el fuego no me consumía. Yo era el fuego. La doncella, me dijo algo al oído, algo que por más esfuerzo, era incapaz de escuchar. Todas las noches, el sueño con ella, y siempre me decía algo, ante lo cual mis oídos eran sordos.
El invierno paso, gracias a Elin pude soportarlo, con su calor tan cerca mio. Ella, y la dama de fuego, eran lo que me obligaba a continuar. Y lo eran, hasta ese fatilico día.
¡Ho desgraciado de mi!, ¡Es imposible imaginar el martirio!
Era una noche, silenciosa entre todos los ruidos nocturnos. Mis ojos se habían cerrado, comenzaba a ver, a la doncella en llamas, y escuche su voz con fuerza.
-Despierta, pelea.-
No cabía dentro de la emoción, pero...Abrí los ojos, para darme cuenta que una sombra se acercaba a mi. Intente esquivar, y el ente pronuncio algo. Sentí un golpe de inmediato. Reconocí la voz, más no las palabras. Era Ticacri. Me saco de mi catre, me arrastro al centro, sujetando mi cuello al tiempo que con su otra mano, me tapaba la boca, era más fuerte que yo, no podía quitármelo.
-Elin, mira, tengo a tu novio...- Dijo en tono burlón.
En eso despertó Elin, reanimada por esa fuerza que siempre la motivo a defenderme.
-Ni puedes dejar dormir a Lud- dijo, cuando se dirigía a ayudarme. Surgieron, espectros de la nada, dos sombras que sujetaron su brazos. Eran esos achichincles de Ticacri. La tiraron al suelo, y le pusieron algo en la boca, para impedir las palabras.
Sentí el aliento caliente y fétido dictando la sentencia.
-Como nos dimos cuenta de que por más que te peguemos, nunca te resistirías...-
Los otros comenzaron a pegar con fuerza a Elin. Yo la observe ahí. Cada golpe, era un aguijón, penetrando mi alma, y retirándose para repetir la herida mortal. Las gotas tibias, señal del martirio, resbalaron por mi cara.
-Miren su cara- dijo uno señalándome.
-Si, no creí que tuviera esa cara...-
-Esta llorando...-
-También ella, que poco aguanta-
La soltaron. Ella no lo pensó, y se levanto corriendo, entre sus gimoteos.
-Señorita Salin.- pude entenderle.
Ticacri me soltó, y corrió detrás de ella. Me quede inmóvil, no sabia que hacer. Un instante después de que salieran del amparo de luz azulada de la luna, tragados por la obscuridad, se escucho un ruido, luego otro, y uno más. Todos en rápida e infernal sucesión, llegando, cada vez de más profundo. Solo regreso de la penumbra, Ticacri con la cara pálida, como un muerto.
-Agarrenlo.- Dijo con la voz temblando.
Ellos me sujetaron. No podía decir nada, solo escuche la voz.
-¡Señorita Saladin, Señorita Saladin, Lud empujo por las escaleras a Elin!-
Al escuchar eso, mis fuerzas se fueron, intente gritar, decir cualquier cosa, pero no pude.
La luz de un quinqué alejo las sombras. La vi acercarse a la habitación. Era la señora Saladin, alarmada. Bajo las escaleras, escuche su suspiro, un grito de espanto.
-Esta muerta, esta muerta...- Dijo al tiempo que el sonido de sus pies, cruzando por las escaleras, se hacia más veloz, intenso.
Me miro desde la puerta, cual engendro que debía ser a toda costa exterminado.
Tomo un madero, el mismo que siempre nos aporreaba cuando nos portábamos mal. Se aproximo, sosteniéndolo por la parte más delgada. Los otros me soltaron. Caí al suelo por la falta de fuerza en mis piernas, y siguio, el dolor, el dolor.
¡Ho pobre Elin!, ¡Aquella Elin, aquella!, ¡Que me mostró su humanidad!, ¡Aquella ninfa inocente cuyo único crimen fue correr en mi auxilio!, ¡Quien con una sonrisa era capas de alejar la obscuridad, arrojando un poco de luz sobre mi espíritu!, ¡Sus ojos no verían nada más, nunca más!.
-Yo no fui...- Fue lo único que pudo salir de mi garganta, un intento insulso de apología.
-Yo siempre supe que era malo...- dijo Ticacri, con una sonrisa.
Cerré mis ojos, intente no pensar. Vi a la dama de fuego, llorando, con una gran sonrisa. Todos los sonidos desaparecieron. La dama, camino con su ardiente figura, me abrazo.
-¿Que a sucedido?- pregunto.
-Ellos, ellos mataron...-
-¿A quien?-
-A... a... Elin...-
-Elin esta muerta- confirmo Ella
-Sí, muerta. -
-¿Por que paso eso?-
-No sé, no sé...-
-No corriste tras ella, esperaste-
-Lo sé..- Rompí con llanto hondo.
-Calma mi niño, calma,...- dijo ella, acariciando mi cabeza. -¿Que quieres hacer?- Me pregunto
-Yo...- mi voz temblaba
-¿Que quieres hacer?- Pregunto de nuevo, con más fuerza.
-Yo quiero...- intente también elevar mi voz, mas mi llanto lo impedia.
Sentí como mi sangre hervía, corriendo por mis venas, chocando contra el corazón. Sentí como este ardía, se consumía. Un gran dolor se extendió por todo mi pecho. Mi corazón, era fuego.
-¿Quemar?- Pregunto ella, estrujándome contra si.
-Yo quiero, yo quiero quemar, yo quiero quemar... ¡Yo quiero quemar!-
Abrí mis ojos. La carcajada que inundo la habitación, lo fue todo. Un gesto que me pareció ajeno, ¡Pero sin duda me pertenecía!. En mi rostro, pude percibir como se secaban las lágrimas en un instante. Note en la cara de la señora Saladin algo que no pude definir. El ver como se alejaba de mi, el ver como se iluminaba su cara por una luz más grande que la mortecina flama del quinqué.
Una fuerza nueva, más viva se extendió por todo mi cuerpo, por mis venas. Y mientras esa fuerza inundara hasta desbordar lo que yo era, nada importaría, nada, ni que yo mismo fuera un demonio. Por que yo, podría hacer lo que fuera.
La señora Saladin se incendio, como el pabilo de una vela. Se rebolco en el suelo, gritando, hasta caer exánime. Corrí contra los otros. Era más rápido y fuerte de lo que alguna vez imagine. Sujete su cuello. Lo aprete con fuerza, y escuche con deleite como se quebraba. Salte al otro, mi puño rompió su cráneo como una frágil membrana. Mire a Ticacri, sentado en el suelo, inmóvil. Mis manos fueron llamas.
-¡Alejate monstruo!, ¡alejate, alejateee.!- grito.
Pensé en decir muchas cosas, un discurso, una defensa, un motivo, para justificar por que lo hacia. Tanto paso por mi mente, tantas palabras de las cuales no conocía su verdadero significado; y que al final, no dije ninguna.
-¡Arde!- Lo resumía todo.
El fuego se extendió, no pude detenerme, sentía la necesidad de librar el mundo de ellos, sentí que nadie merecía vivir. No puedo recordar los rostros de las personas cuya vida segué con mi fuego, solo los gritos. Al final, nadie se salvo, yo me incluyo.
Aun me veo, esa mañana. Sostenía en mis brazos a Elin. Su herida mortal en su cabeza, no había quitado rastro de su belleza. Sus ojos seguían abiertos. Note que de su cuello pendía un extraño amuleto. Una extraña pieza. Un triangulo dorado, inscrito dentro de un circulo plateado, y en su interior, un circulo circunscrito, delimitando a una gema purpura.
Estuche quebrarse una rama.
-Esa es la llave...- dijo una voz, oscura, del mismo punto.
Me gire a ver quien se atrevía a quebrantar la paz de Elin, la misma paz que una parte mía tanto anhelaba. Estaba dispuesto a hacerlo arder. Pero no había nadie. ¿Mi imaginación?.
-La enfermedad y la muerte producen cenizas de todo el fuego que por nosotros arde. De aquellos grandes ojos tan fervientes y tan tiernos, de aquella boca en la que mi corazón se ahogó... - Dijo, y cerro los ojos de Elin.
Me miro a los ojos. No entiendo por que. Los ojos de ese hombre, eran como los mios. No pude evitar romper de nuevo en llantos, un hondo sentir contenido. Sentía que aquel completo extraño me conocía mejor que cualquier otra persona.
-Llora, pues las lágrimas más amargas son las que nunca se han llorado, pero es mejor que salga ahora, por que así se alivian los sentimientos nacidos de la tragedia-
Mis lágrimas continuaron un largo rato. Él se quedo observando, el largo tiempo, al final, se habían me detenido. Observe a el hombre. Algo en él, no sé que, me inspiraba tanta confianza. Era un hombre maduro, con barba de pocos días. Vistiendo una túnica de color negro, de tela muy fina.. Toda su piel era blanca, más pálida incluso que la mía. Y su cabello del mismo color de la túnica, extendiéndose hasta sus pies. Pero sus ojos, eran de un color gris.
-Gracias por sus palabras...-
-No todas las palabras de un hombre son de él. Muchas son de Baudelaire, mas, dejemos la charla, he venido por lo que pende de su cuello- dijo señalando al amuleto de Elin..
-¿Para que?- le pregunte
-Tengo un sueño, un mundo donde no existan sufrimientos, sin dolor, sin aflicciones, un mundo perfecto, y para alcanzar mi sueño, es fundamental, lo necesito.- dijo con una gran sonrisa.
Note en su voz que hablaba desde el corazón. No existía la mentira en su decir.
-¿Puedo?- me pregunto señalando al cuello de Elin.
Yo solo asentí. Él, con mucho cuidado, tomo el collar; de forma, creo, de que no me molestara.
-¿Quien es usted?-
-Soy solo un... servidor... yo no tengo nombre, jamas se atrevió a darme un nombre, como tal, mi creador, pero, si te apetece, puedes llamarme Mefistofoles- Dijo un poco risueño.
-¡Nombre más extraño!- exclame sin pensar.
-Sí, en efecto, es un nombre extraño, para un ser ya de por si extraño...- me miro un momento. -¿Con quien tengo el gusto...?-
-Yo...- titubee con decir mi nombre. - Yo me llamo Ludarie Abe-

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