Alfonso despertó en su cama. Estaba hecho la mar de sudor frío. Se levanto en un acto reflejo. Lo que sucedió la noche anterior era solo reflejos en los desperdigados e inconexos pedazos rotos de un espejo. Se llevo la palma de la mano a la frente, sintió el sudor de su frente. Bajo su mano por su cara, acariciando fuertemente los párpados. Su mano se alejo a las cobijas.
-"Fue solo un sueño, solo un sueño..."- lo dijo para convencerse de algo sin poseer la más mínima certeza de su validez.
Se levanto de la cama, estaba mareado. Un dolor en su cabeza semejante al sufrido en una resaca lo dominaba, pero no había el mas mínimo sabor de licor en sus labios. Camino el camino al baño en una extraña locomoción. No le importo en lo más mínimo.
Llego al baño, levanto la tapa del retrete adormilado y orino. Cuando hubo terminado, se acerco al lavabo, y miro su cara con las ojeras marcadas por anteriores noches en vela. Abrió la llave con un giro mecánico, y el chirrido molesto fue suplido por el del agua cayendo. Tomo entre sus manos un poco del agua. Estaba lo bastante fría. La arrojo contra su rostro. Un sonido ininteligible surgiendo de sus labios y el temblor que sacudido su cuerpo era la prueba de que ya estaba verdaderamente despierto. Cerro la llave en menos tiempo del que le tomo abrirla. Lanzo una rápida mirada al rededor de los objetos que estaban sobre el lavabo. Solo eran la pasta de dientes casi nueva, justo a su lado, un vaso de plástico amarillo que contenía un cepillo rojo de dientes y un rastrillo.
Tomo la pasta de dientes y comenzó a limpiarse. Recorrió con sus negras pupilas el reflejo de su cuerpo en el espejo al ritmo con el que movía el cepillo. Así que fue casual, accidental cuando lo vio. Era el crucifijo, el crucifijo del sueño de la noche anterior. Colgando de una forma en la que parecía gritar arrogante:
-"Fue real, es real"-.
Escupió la pasta, y soltó el cepillo lleno de espanto. Toco el crucifijo, y sintió sus bordes e irregularidades, la apretó, solo para saber que era real, no solo una jugarreta de su mente. Sintió como se hundía en su piel la forma inusual de la base, los delicados relieves de perfección inhumana. La impresión fue grande. Una figura de esos desperdigados fragmentos de la memoria era tangible.
Algunos de los fragmentos se unieron súbitamente, le llevaron la imagen del viejo estudio, destrozado. Corrió por un impulso sobre humano; quería tener otra prueba de que el sueño no era solo el descabellado intento del subconsciente por contar "algo"; quería ver si "existía". -Su mente evitaba el termino "real" ya que para él la cualidad de "real" no esta ligada a su posibilidad de que su imagen exista en la materia, solo basta que exista en la mente-. Llego a la puerta. Miro al interior del viejo estudio.
-No puede ser, fue un sueño, ¿De verdad fue un sueño?...-
Pero esas palabras no cambiarían de forma alguna el grito mudo de los destrozos; ¡Nada de eso había sido un sueño!.
-Pero, ¿Donde esta el hombre de la armadura?- Se pregunto Alfonso.
En ese instante una voz aguda provino detrás de él.
-Buenos días señor...- Era todo lo que dijo esa voz.
El tipo dio un grito estremecedor, es probable que cualquiera lo confundiera por su tono, con el de una niña. Salto al frente, y volteo a ver al ser que le dirigía la palabra. Era el tipo con armadura de ayer. Recordó un poco más.
-¿Le asuste?- Dijo el hombre dentro de la armadura con un tono burlón, muy sarcástico sin duda.
-¿Qué haces aquí...?- pregunto alarmado Alfonso señalándole con el dedo, mirando la casa y haciendo todo tipo de gestos con la otra mano.
-Vivo aquí...- Respondió secamente. -Tu me dejaste quedarme...-
Ese "quedarme", fue como una bomba. Ningún nuevo recuerdo de la noche anterior surgió. Solo la negación de... ¿Qué hay que negar?. Se llevo las manos a la cabeza, tapándose los oídos.
-Esto es un sueño, solo un sueño, solo un sueño...- se repetía Alfonso una y otra vez mientras caminaba alejándose del caballero.
-La realidad es en si misma un sueño- respondió el hombre de la armadura.
El hombre reacciono, se dio media vuelta dejando
-Pero, ¿es imposible?...¿Qué paso anoche?- Pregunto Alfonso desesperado, dejándose caer en el suelo.
El otro hombre, camino tranquilamente hacia él, se detuvo a unos pasos. Lo contemplo a travéz de la rendija de su casco, tal vez sentía lastima, o otra cosa.
-Que apareció un Depira, que yo mate...- dijo a secas.
-¡Eso fue una alucinación, y tu también, tu no existes aquí seguramente!- grito.
Estaba a punto de responder quien quiera que fuera tras la armadura. Mas sin embargo, se vio interrumpido por el sonido de las fuertes campanadas, tan fuertes que parecía cubrirlo todo.
Alfonso miro el reloj que se erguía orgulloso con todo su antiguo mecanismo, justo al fondo del pasillo pareciendo mas pequeño de lo que era. Las manecillas marcaban la hora; las 12 en punto. Los ojos dieron la impresión de que dejaron sus orbitas. Corrió a la puerta ignorando al hombre de la armadura como si este no estuviera junto a él.
Corrió, al cuarto; cuando llego, se desvistió, y entro al baño, abrió la regadera. Sintió el agua fría chocando contra su piel desnuda. Lanzo un ligero grito aguantando no salir. Tomo el jabón y el estropajo. Miro al rededor mientras se enjabonaba; y vio al hombre de la armadura asomado desde la puerta del baño.
-!!¿¿Qué pasa por tu cabeza??!!- grito Alfonso al tiempo que le arrojaba el jabón, se cubría de espalda, y continuaba bañándose.
-¡Como si las alucinaciones te dejasen con hacer eso!- exclamo.
Era obvio a estas alturas que no le importaba en lo más mínimo lo que había pasado anoche. La destrucción, y que un hombre con una armadura medieval le esperaba afuera; eran una alucinación más. Cerro la regadera rápidamente. Aun mojado salio, encontró al hombre de la armadura, no le presto atención; ¿Quien guarda su pudor frente a los productos de su mente?.
Tomo una toalla de las que se encontraban sobre su cama, se seco rápidamente con ella, saco del armario un par de pantalones, una camisa blanca, se vistió de la forma mas formal que se puede en un momento como ese. Salio bajando por las escaleras, casi matándose en ellas.
Se dirigió a la cocina, tomo del cartón de leche un gran sorbo, al tiempo que sumergió su mano en la caja del cereal. Dejo el cartón de leche, se llevo a la boca el poco cereal. Salio corriendo. Llego a la calle, tenia mil cosas en la cabeza; o al menos, eso podía deducirse por la letanía que mascullaba:
-No es posible, no es posible, es solo eso, una alucinación terrible, estoy loco, loco al fin, ¡¡¡LLEGARE TARDEEEE!!!-
Llego al coche negro, intento sacar las llaves de su bolsillo, no había nada.
-Mierda- se dijo.
Dio media vuelta y corriendo como alma que se lleva el diablo entro, subió las escaleras. Ahí, las vio, junto con el sujeto de la armadura quien estaba sentado en la cama. Pensando que todo era una elaborada alucinación, no importaba ahora, tomo las llaves y salio corriendo.
El hombre de la armadura solo se había quedado a contemplar toda la escena. La casa quedo sola, vacía. El hombre en su armadura bajo por las escaleras calmadamente. Encontró la puerta aun abierta. Tomo el pomo y cerro la puerta.
-En verdad este tipo esta mal de la cabeza...- se dijo para si. -¿Que seria más importante que averiguar que paso?-
-Noooo- grito Alfonso afuera de un gran edificio de antigua fachada.
Las puertas estaban cerradas y definitivamente no se abrirían por mas que suplicara.
-Mierda, es la quinta entrevista de trabajo a la que llego tarde...- se dijo con la voz baja y desprovista de emociones.
El hombre dio media vuelta, miro la calle donde todos paseaban. Lanzo un suspiro, y retomo cansado el camino. Alzo la mirada a todos, encerrados en sus pensamientos, encerrados en su pequeño mundo; miro al viejo vendedor de globos y la niña a la que daba uno de sus globos; miro a una joven pareja tomada de las manos; miro una vieja señora caminar como si el tiempo no existiera; todo bajo el sonido de la musica del organillero.
Regreso la mirada al suelo, contemplando sus pies, camino un momento. la musica se detuvo de repente, justo en medio de la melodía. Lanzo una mirada a ver al organillero, estaba inmóvil. Volteo a verlos a todos. La niña que había visto con el vendedor de globos, ahora extendía su mano intentando tomar un algo que ya no estaba, el vendedor de globos sostenía su mercancía de pie; los dos enamorados estaban a punto de dar un paso, la anciana también. Estaban inmóviles como estatuas.
Se acerco al organillero, paso su mano frente a sus ojos abiertos, no parpadeaba.
-¿Qué demonios...?-
-Rhu rhu rhu rhu, ¡Que tenemos por aquí!- dijo una voz en un tono extraño interrumpiéndolo.
No pertenecía a nadie de esa calle. Venia desde lo alto de un edificio. El hombre volteo buscando a alguien en un balcón, pero estaban desiertos. Miro por toda la calle buscando a alguien que no estuviera paralizado; pero todos -excepto él- continuaban detenidos.
Noto un movimiento que llamo su atención, en las sombras de los edificios que que caían del cielo a la calle como una manta. Una forma que pasaba desapercibida, inusual, que se fundía discretamente con la de los edificios, una sombra similar a la de un cuervo enorme de perfil. La sombra se movió ligeramente.
-O, ese es el miserable mortal que tiene la llave...- dijo nuevamente esa voz.
Miro a la silueta contra el sol. No había duda de que de ella venia la voz. El hombre recordó al demonio de la ocasión anterior, recordó que a lo que se refería como llave era en realidad el crucifico, Movió su mano al pecho, y un temor atroz lo inundo al sentir ese bulto rígido atravez de la tela, hundiéndose en su piel. Tenia el crucifijo en su cuello, colgado como un grillete que lo encadenaba a esa situación irreal.
De esa forma animal se extendieron tres antinaturales pares de alas. Tres alas a su izquierda, y tres alas a su derecha. Voló por la calle describiendo un estrecho circulo donde el era el centro. El corazón de Alfonso latía con fuerza, estaba paralizado. La ave infernal se poso frente a él. Era en verdad extraña. Mucho muy extraña.
Sus plumas no tenían orden. Estaban descuidadas, y arrugadas. El pico era bastante muy largo y grueso, con una apariencia metálica, que con sus color amarillo le hacia lucir como su de oro se tratase.
En lugar de ojos, solo existían dos grandes huecos ensangrentados. De ellos, salieron para suplir los globos oculares, partículas blancas e inmundas que se retorcían y pululaban. Era tanto su frenesí, que una de ellas callo al suelo, moviéndose. Era una larva de mosca. Miro a ¿los ojos?. Esa criatura, lo contemplaba.
El ave abrió su pico dorado y en el interior, una masa gelatinosa palpitaba con fuerza, tanta que se escurría por las comisuras delicadas de su pico; agito su cabeza el ave infernal de un lado a otro con un movimiento muy rápido. Un poco de la sustancia de su boca callo en el hombro derecho de Alfonso.
A Alfonso, un impulso eléctrico, violento, lo recorrió desde arriba hasta abajo. Se llevo por reflejo la mano izquierda al hombro. Sintió el calor en las delicadas yemas de sus dedos apenas lo toco. Las retiro, para después verlas, se habían quemado. El dolor de su hombro se calmo pero seguía ahí.
-Rhu rhu rhu rhu, ¿Te duele?- pregunto una voz sarcástica, que con crueldad disfrutaba cada palabra.
-Esto es una alucinación...- mascullo Alfonso por un momento.
Comenzó a correr por la calle, al tiempo que se repetía “Esto es una ilución”; Buscaba huir de esa pesadilla probable producto de su mente. Corrió un par de metros, El ave se elevo, paso por sobre Alfonso, y le corto el paso.
El ave pico fuertemente al hombro herido. El dolor que Alfonso experimento era inmenzo, en los limites de lo insoportable; No pudo gritar, pero era tan fuerte que lo obligo a doblarse sobre sur rodillas. Alzo la mirada solo para ver el pico y como colgaba de este un pedazo de carne mientras su sangre escapaba de sus venas manchando su traje.
El cuervo infernal elevo la cabeza. Arrojo el pedazo de carne al cielo. Abrió su pico lo más que pudo. Del interior, surgieron de forma monstruosa, un par de manos blancas, delicadas y suaves que sujetaron el pedazo de carne. Cerro su pico, desapareciendo en el interior las dos manos.
En su estomago una abertura comenzó a abrirse, era roja, brillante. La abertura se abrió completamente; de ella surgió una lengua que se lamia desde una comisura a otra.
-Rhu rhu rhu, Dame la llave, o yo, te comeré parte por parte...- dijo la voz.
No había equivoco, la voz venia del interior del cuervo, surgiendo en la abertura del estomago.
-Para que quieres esa cosa...- grito Alfonso sin entender que pasaba.
El ave le salto encima. Con su garras afiladas le sujeto lo dejo sobre el suelo. Se encontraba indefenso. acerco la boca de su estomago a su cara. La abrió y un olor fétido, a descomposición salia. Era el hedor de la muerte.
-Rhu rhu rhu... No estas en posición de preguntar, tu solo debes obedecer y copear...o si no...-
Movió su pico, brillante y afilado cerca del hombre. Lo abrió, pronto esas manos blancas, delicadas, surgieron. Las manos acariciaron su rostro suavemente.
-Me gusto tu sabor...-
-Aeda Beeyron- dijo una voz desde lo alto.
No podía ver de que se trataba ya que el ave lo cubría. La criatura retiro su pico. El ave volteo a ver quien le hablaba.
-Rhur, rhu, rhu, Mira, mira, mira mira, a ¿Quién tenemos aquí?. Sabes, no es necesario tanto formalismo, puedes llamarme solo Aeda- respondió la voz burlona.
-No crees que ese es un bocadillo pequeño para ti...- dijo la voz.
Un sonido pesado, metálico se dejo escuchar retumbando por la calle, cada vez mucho más cerca de ellos.
-Sí, en efecto, es un pequeño bocado, lo es. Mas quien va dentro de esa armadura tiene un mejor sabor...- dijo Aeda.
Alfonso vio como el pico del ave se habría de repente y se cerraba en un instante atrapando una espada. Extendió sus alas. Un sonido hueco y metálico se pudo escuchar. El hombre comenzó a patalear intentando liberarse. Aeda soltó la espada, dejándola caer desde su pico a lado del hombre.
-Te has superado esta vez a ti misma- Alfonso pudo reconocer la voz, era la del hombre dentro la armadura.
Se escucharon un par de disparos. Todos los impactos fueron contra la pata de la criatura que lo sujetaba. Se escucho el sonido de los disparos junto con el de los huesos rompiéndose. La pierna de la criatura cedió por completo, liberando un torrente de sangre negra. Un fuerte alarido salio al unisono de las dos bocas. Pronto Alfonso se sintió bañado tanto por el infernal aliento a descomposición de esa criatura, como por su inmunda sangre. El único alivio fue que la fuerza de la garra se había ido levemente.
Aeda se elevo del suelo dejando caer los borbotones de sangre. Alfonso aprovecho para liberarse. El hombre de la armadura llego junto a él.
-Señor, se encuentra bien, disculpe mi tardanza...- dijo alguien desde dentro de la armadura.
Alfonso no entendió nada, solo sabia que estaba vivo.
-Gracias...- fue lo único que atendió a decir, pero pronto anidio -Esta es la peor de mis alucinaciones...-
-Esto es real...- Dijo el de la armadura resignado, al tiempo que tomaba su espada.
-Rhu rhu rhu...- grito desde lo alto observando a la armadura y a Alfonso.
Había dejado de sangrar. Se elevo unos metros más y callo en picada. El hombre dentro de la armadura empujo a Alfonso, pero no le dio oportunidad de esquivar el pico dorado; este le golpeo le de lleno en un hombro. El pico pudo perforar la armadura. Grito con fuerza quien quiera que fuera el portador de la armadura. Pero antes de que pudiera reaccionar, Aeda se coloco justo a su lado, apollandose sobre la pierna que un le quedaba, y extendió sus alas arrojándolo contra un muro.
-¡Con eso tendrás no suficiente Kiesaaler!- exclamo Aeda, y elevo ligeramente el vuelo.
Callo frente a Kiesaaller aprisionandole con la garra que aun le quedaba. Comenzo a golpear con su pico la visera de la armadura.
-Rhu, nunca te perdonare por Aloolen – gritaba Aeda
Los gritos de Kiesaaller paralizaron a Alfonso. No podía soportar lo que pasaba, miro a su alrededor, miro a la sangre que manchaba la calle, la pierna cerseanada a disparos y la espada. Una idea paso por su mente.
-¡¡¡Detente!!!- grito con todas sus fuerzas.
Aeda volteo sin dejar de sujetar a Kiesaaller. A sus espaldas estaba un Alfonso de pie, con una mancha oscura en el hombro derecho por la sangre. Extendia su mano izquierda sosteniendo algo en una delicada cadena dorada. El ave miro cuidadosamente que era lo que le ofrecía. Era la llave, el crucifijo.
-Deja al caballero, a cambio te doy la llave.- dijo
Aeda miro a Kiesaaller. La visera de la armadura estaba casi rota, y se podía ver la sangre en ella. Aun se podía escuchar una débil respiración detrás del hierro; pero el daño a sido demasiado, Noto que ya no luchaba para zafarse de su garra. Se dio cuenta de que estaba inconsciente, y no representaría ningún problema.
-¡¿Qué no me escuchaste?!- grito un enfurecido Alfonso.
Aeda solto su garra de Kiesaaller. Se elevo un segundo, un segundo que se extendió para Alfonso unos aparentes diez minutos. Aeda planeo elegantemente desde Kiesaalller hasta estar frente a Alfonso.
Alfono intento gritar, correr, se contuvo. Su cuerpo temblaba de miedo; tenia que aguantar un poco, esperar el momento oportuno para poner en marcha su plan. Toda la decisión que se había manifestado ahora lo dejaba frente a Aeda. Su mano tambaleaba un poco, le pareció que el crucifijo pesaba de repente mas.
El brillante pico se abrió lentamente, un poco de la sustancia de su interior callo a los pies de Alfonso. El par de manos surgió, se apoyaron en las comisuras de la boca y comenzaron a empujar algo, como si intentara salir. Justo en la boca de la criatura, aparecía desde el interior el rostro de una mujer.
-Rhu, rhu, rhu, Eres un buen chico...- dijo mientras extendía sus manos para tomar la cadena del crucifico.
Alfonso estaba hipnotizado por la belleza de la mujer. Su piel era blanca en extremo, contrastando con lo que la rodeaba y el maquillaje negro de sus párpados superiores. Sus labios eran rojos y carnosos destacando. Pronto miro de nuevo alrededor y recordó que susedia.
Alejo su mano y se tumbo al suelo, sintió el ardor atroz en su espalda por la sustancia que había escurrido del pico. Tomo el mango de la espada, era pesada, más de lo que se hubiera imaginado. Aeda extendió sus alas. Comprendió que se había dejado engañar; pero era ya tarde.
Saco fuerzas de la nada,pero pudo sostener la espada un instante, la elevo clavándola justo en el sitio donde había estado la boca. Un alarido de dolor se escucho. El ave solo pudo elevarse un metro para caer solo unos pasos adelante de donde se encontraba.
Alfonso se levanto, dejando la espada que sostenía en el suelo, ya que ahora le parecía mucho mas pesada. Le sorprendió el hecho de que la aparente frágil cadena del crucifico no se rompiera. Miro la llema de sus dedos, estaban bien, como si nunca se hubieran quemado. Avanzo hacia el caballero Kiesaaller.
Noto como el metal de la armadura se había roto donde el pico de Aeda golpeo; dejando ver una herida bastante profunda en el hombro, pero había dejado de sangrar. Miro a las viseras. Estaban algunas rotas y ensangrentadas, pero la mayoría seguían bien.
-¿Qué hago?,¿Qué hago?, ¿Qué hago?- se preguntaba Alfonso. Mirando la lastimera condición de Kiesaaller.
-Si es una alucinación podría dejarlo aquí. Pero...- Se detuvo al ver la pared.
Noto el golpe en el antiguo muro, lo toco para ver que era real. Sinto la delicada grieta dejada por la armadura tras el impacto. Miro a Kiesaaller en el suelo.
Se escucho un paso, la gente regresaba a su movimiento normal. Miro a donde había caído Aeda, pero solo había un mancha de sangre; se había ido. No le quedaba mucho tiempo.
Despertó súbitamente. Sintió el dolor en su hombro derecho. Se dio cuenta de que no llevaba su armadura. Se levanto con algo de dolor. Vio la charola con agua, trapos con sangre. Noto los vendajes que cubrían su cuerpo.
-Veo que ya despertaste...- dijo Alfonso. -La armadura quedo realmente dañada, perdiste algo de sangre, las heridas fueron superficiales, pero los golpes fueron bastante fuertes, me alegro que estés bien.-
Tomo una de las sillas que estaban cerca de el y se sentó en ella.
-Ahora responde, ¿Quién eres tu? y ¿Qué es la llave?- pregunto con la voz un poco temblorosa y sin dejar de observarla.
-Lo dije la noche anterior...- Respondió ella.
-Como te dije hoy en la mañana, no recuerdo casi nada de esa noche, no recuerdo nada justo después de que te dije mi nombre.-
-Me alegro de que te dieras cuenta de que no era una ilusión...-
-No, solo me di cuenta de que no eres una alucinación, que seas una ilusión es otra cosa...- Respondió temblando ligeramente su voz.
Ella solo dejo que en su faz se dibujara una ligera sonrisa, que solo existió un momento, antes de dar paso a una mirada seria.
-Mi nombre, Ev E. Kiesaaller. - Dijo con calma mirando a las cobijas. -Y la llave, es solo un eufemismo...- se detuvo un momento, miro a Alfonso. -Para llamar a las “Ficciones”-
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