domingo, 16 de enero de 2011

El vodevil

Me duele la cabeza. Aun esta en esa silla, moviéndose, intentando desatarse, no lo hará. Amarre la soga muy fuerte. Le miro y no puedo evitar sentir una lastimosa mezcla de odio y compasión. Me gustaría detenerme, parar, decir que todo esto nunca sucedió, quizá tal vez sea el hecho de que he pasado el invisible limite desde el que podemos decir que "hay retorno", pero no puedo perdonarle; no, menor dicho,es simplemente que no quiero perdonarle.
Me llevo mi mano derecha a la sien, siento mi sudor, y respiro. El olor nauseabundo de este lugar lo inunda todo. Lo he estado golpeando desde hace unas horas, estoy exhausto. Ya a llegado la hora. Deslizo mi mano por la cacha de la pistola.
Estoy a punto de asesinar a un hombre, y no me arrepiento de ello. Me pregunto ¿Por qué?, ¿Qué me a hecho ese sujeto?, ¿No me importara derramar sus sesos por el piso?; pero recuerdo; definitivamente aun lo recuerdo. Mi mente antes de continuar, intenta relatarme la relación de los hechos que me llevaran a cometer semejante atrocidad.
Sé que de ninguna forma debo tener, algo de compasión del resto de los hombres. Siempre pensé, que el hecho de intentar valerse de la verbosidad para atenuar la gravedad de un crimen es un acto de cobardía. ¡Por Dios, atenuar! nada de eso. Solo intenta llevarme, ir en los pasos que me condujeron a hacerlo y después, tal vez después, ahondar en la profundidad de este vodevil en el que yo soy, en el que solo he, -de forma trágica- cumplido mi papel.
A pasado tiempo, más los recuerdos que creía borrosos son más claros ahora; pero faltan partes, son fragmentos en una linea, saltos entre lo superfluo, ironía de la vida, ya no importa.
Era una tarde lluviosa de verano, o de forma más exacta, era un día caluroso aun a pesar del sol oculto entre los nubarrones, desde donde caían cascadas de agua. Mi madre decía algo sobre la lluvia que yo, inútilmente intentaba recordar al tiempo que las gotas fuertemente se estrellaban en el cristal de mi ventana en ese asiento descosido y susodicho del autobús. La lluvia aumento y yo observaba, como el decorado cambiaba, pero siempre era la misma pintura descolorida; autos de colores monótonos, casas de fachadas viejas y nuevas -pero aun así, deprimentes-, y la gente, la misma gente de siempre que actúa patéticamente sus papeles, que aparentemente eran simplemente correr, correr de un lado a otro, ahora buscando refugio de la lluvia, mañana del sol, y pasado mañana de sus temores. Intente olvidarme, a toda costa ignorar el mundo, mi vida, mi trabajo absurdo. Ya que es absurdo intentar vivir, aunque sea por solo unas horas, minutos, una vida que no es la propia, pero de algo tenia que vivir. La melancolía me invadió; pensé por un momento que el avance constante del tiempo era solo una ilusión más, hecha a propósito de esa forma, ¡Que la dicha fuera perenne comparada con el sufrimiento!; un castigo de un Dios mezquino.
Y en medio, ese día la conocí. Sus rasgos me son difusos; no lo entiendo, es la sombra de un sueño que se borra bajo las luces del escenario. Solo se que era una chica esbelta, algo bajita y de mirada triste. No sé. No sé por que razón escogió sentarse a mi lado, y no sé como fue que empezamos a hablar; mas, uno nunca se fija en esas cosas, o ¿Acaso se recuerda la conversación con ese perfecto extraño en una tarde de verano hace tantos años años?. Solo recuerdo hablamos del clima, de la economía, el hijo de perra del presidente en turno por esos días (¿o era de este?) y cosas sin la menor importancia. Ella se levanto, abrió su paraguas, y bajo; la vi alejarse bajo la lluvia y yo continué con mi camino.
Volteo a ver al hombre. Me levanto dejando la pistola. Golpeo nuevamente su rostro. El contacto de su piel, seguido por los huesos de que conforman su mandíbula, chocando contra mis nudillos, el sonido melódico y breve, me llena de un extraño placer animal. Con la otra mano golpeo a la boca de su estomago. La expresión en sus ojos me deja ver que sufre. Le sigo golpeando, me cuesta trabajo detenerme para no matarlo. Quiero que sufra.
Recuerdo que la encontré otro día y otro; y de esa forma en una larga cadena de días. No era otra mascara de arlequín, ni otro mal actor de un papel que no es el suyo. Supe algunas cosas de ella en ese lapso, cosas básicas como su nombre, su edad; y otras no tanto, como que sus padres habían muerto -su madre cuando ella nació y su padre en un absurdo robo en una marisquería-, que vivía con un tío psicótico. Que tenia un novio algo mas grande que ella y que, ¿Eramos amigos?.
Amigo, una palabra que se usa aveces a diestra y siniestra para algo que tal vez sea una camaradería o menos, pero, en verdad me sentí alegre, feliz de que alguien me considerara su "amigo". Mi corazón latía lleno de dicha. Tal vez sea ingenuo, pero; En un mundo donde todas las personas nos son extrañas, ¿Saber que una menos nos lo es menos, no es motivo digno para alegrarse?.
Se despidió con afectuoso, -Hasta luego, nos veremos mañana-. Fue tan rápido, tan inesperado el giro argumental. Las estrellas surgieron en el firmamento varias veces más; no la veía subir al autobús. Cualquiera se abría olvidado, cualquiera, pero yo no. Estuve divagando algunos días, sabia donde vivía, pero no me atrevía. Miedo, tal vez. Llegue a su casa, era una mañana fría, como todas las de invierno. Toque a la puerta. Escuche una voz proveniente del interior.
-¿Quien es?- preguntaba.
-Soy un amigo de su sobrina...- fue lo único que atine a decir.
Abrió la puerta un hombre. Su aspecto era sucio, descuidado, con las ropas empolvadas y las mangas carcomidas. Una cicatriz sobre la ceja derecha y otra en la barbilla. De la sombra de aquel muchacho que veía al mundo como una ventura solo existía en el viejo, el brillo de los ojos. Lo supe de él, que había pasado. Salí corriendo, no me despedí de él. El grito algo que no pude escuchar, tal vez intentaba detenerme.
-Tengo que llegar al hospital.- Me decía.
Llegue desesperado, con la mirada desposeída de toda alegría. Pregunte por ella, y corrí a su habitación. Ho, el detestable olor a cloro de los hospitales que lastima la nariz. Me detuve frente a la puerta. Me tembló la mano al acercarla al picaporte. La abrí lentamente. Detrás de esa puerta, el mundo daba paso a solo la existencia del deprimente cuarto del hospital. La ventana sucia, la cama de sabanas grises donde ella estaba y los aparatejos que monitoreaban como la vida se le escapaba. Su cara era pálida, casi transparente, sus ojos estaba vidriosos, con el especular típico de quien esta por romper en lágrimas. ¿Que cosas se pueden hacer en un momento como ese?. Estaba inconsciente, mirando al techo con ojos que no sé si veían. Me aproxime a su cama como una sombra, tome su mano. Era fría, mucho; tal vez demasiado.
Por impulso, hable. Le dije mil cosas como cuando nos encontrábamos en el autobús. Le hable de lo que pensaba, de lo que creía, de lo que odiaba y amaba en esta ciudad. Le hable de los puentes coloniales, de las estatuas de bronce que adornaban el museo, de una galería, y más cosas que no sé si escucho en su andar por el valle de los desposeídos.
La sujete fuertemente, la miraba al rostro, y ella, perdida. No podía hacer nada; y lo que era peor, no podía decirle que todo estría bien, que se salvaría, por algún motivo pensé que ella nunca me lo perdonaría.
Llore en su mano. ¿Por qué lloraba?. Intente responderme. Sé la respuesta, pero no me atrevía en ese momento, y sigo sin atreverme a decirlo ahora.
El agudo sonido, tan afilado que perforaba mi alma, marcaba como su corazón dejaba de luchar. Recorrió con un escalofrío tremebundo toda la medula. Me levante, llame a un doctor. Pronto el medico apareció en el pasillo. El tiempo se extiende y rebasa sus dimensiones. Cada paso de ese hombre con bata blanca parecía ocurrir en una dimensión donde el aire era extraordinariamente denso y viscoso. El tiempo, en verdad era el castigo de un Dios mezquino.
Golpeo su rostro más fuerte, más rápido. Es el momento. Siento la culata de la pistola, la tomo entre mis dedos con delicadeza. Le muestro el cañón de la pistola. Veo que llora.
-¡¡Arrebatas vidas ajenas, y cuando te encuentras cara a la muerte, lloras como un bebe!!, las leyes dijeron que eras inocente-
Le retiro la cinta que evita que escuche sus gritos; y el cumpliendo con su papel grita.
-¡¡No me mates, No me mates!!- grita entre sollozos, con la boca ensangrentada.
-La dejaste en coma, continuaste con tu vida, como si nada hubiera pasado-
-¡¡¡No me mates...!!!, Yo solo la vendía para vivir- chillo.
Coloque la boca del cañón en su frente, el grito, yo jale el gatillo. El sonido del disparo lo inunda todo ahora.
-La embarazaste, la olvidaste; fue tu olvido la que la llevo a tomar todas esas pastillas. Ella esta muerta, ¡¡¡muerta!!!-.
Las fuerzas me fallan, y caigo al suelo, el olor es insoportable. Pienso en el papel que he ejecutado perfectamente, mi actuación ha sido magnifica en este vodevil que llamamos "vivir". Creo que es momento de bajar el telón.
-Escuchaste lo del actor que mato a su amante y después se suicido-
-Sí, ya ves lo que te dije que todos los actores son gays-
Y los dos muchachos siguieron caminando.

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