El hombre se miro reflejado en la superficie pulcra del espejo -si se podía llamar de esa forma-. El trabajo de su vida yacía frente a sus ojos vidriosos. Sabia que al terminarlo se condenaría, pero era un precio que estaba dispuesto a pagar, ya lo había decidido, desde que la idea abominable broto de su mente, mientras la ejecutaba, y ahora, al final, ya no había marcha a atrás.
Recordó cuando era niño, cuando mataron a todos los de había conocido y llegado a ¿Amar?. Y aun a su avanzada edad recordaba los sonidos de las bombas, recuerda los gritos en la noche y en el día. La gente siempre estaba matando, la gente siempre estaba muriendo. -Ya no se escucharan más, nunca más- pensó.
Observo al frente cada detalle, cada color, cada sonido, nada escapaba a su escrutinio en el mundo que él había construido, ¿O destruido?. Sonrío al ver su obra con la misma inocencia con la que un niño mira los garabatos que amorosamente pinto en una blanca pared.
-Al fin, al fin- mascullo con leves palabras que se escapaban entre la comisura de los labios, al tiempo que unas breves lágrimas escarban lo que queda de su rostro.
Las fuerzas le abandonaron, y se arrodillo vencido en el suelo.
-Tuve el poder de convertirse en dictador, incluso en un dios de una utopía. Pero sabia que eso no cambiaría nada, solo lo continuaría. Sabia que mientras existieran dioses, seguiría la gente peleando por ello, y sabia que aun sin dioses, la gente lucharía por poder, y aun sin poder, la gente pelearía para simplemente para perpetuar la miseria, ya que se de primera mano que los miserables, hayan solo consuelo animal e inhumano en la miseria de sus iguales, y solo la gente noble la encuentra en las alegrías ajenas. Pero la gente noble hacia mucho que murió. Las utopías no podían existir....era la única manera...¡Era la única manera!- Grito con todas su fuerzas como si se tratara de una confección y una apología, ante un tribunal inexorable, invencible e inexistente.
Todo ya estaba hecho. Un mundo sin intolerancia, un mundo donde todos era verdaderamente iguales, un mundo sin desigualdad -valga la redundancia-. No podía sino estar más feliz, pero se sentía solo. El infinito horizonte de un color gris, y la tierra quemada en un insano color ocre eran su legado maldito, lo que hubo que alcanzar.
Miro a sus ayudantes. A esas maquinas que el mismo había hecho, a esos seres de metal que le habían permitido alcanzar su sueño utópico. Sonrío, sonrío por que sabia que pronto seria su final, y sabia que les había programado para que no repitieran los errores de su creador, para que lo hecho en el pasado no regresara.
-La historia es cíclica, por eso la e destruido en el fuego, por que aguardo la esperanza de que surja una completamente nueva de las cenizas- grito demencialmente.
Los robots se activaron al escuchar su voz, y le destruyeron en ese solitario lugar. Los robots se quedaron inmóviles mientras la sangre de su creador emanaba de sus manos, no sintieron culpa, ni nostalgia, ni tristeza ya que esas eran actividades únicas de los hombres que se habían ido, y no de los robots que se habían quedado.
B.F.O.

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